Las dos películas

February 19, 2009

Es un artículo mío ya anciano, del 11 de julio de 2002 y está publicado en la Bitblioteca de Analítica. Sin embargo, creo que vale la pena republicarlo aquí. Es como sigue: 

"El cuento es viejo: vemos al mundo, no a partir de eso que los ingenuos (o los dogmáticos o los cínicos) llaman la «realidad», sino a través de las historias que construimos sobre él. Le otorgamos así una mínima coherencia a la incomprensible realidad que habitamos y, adicionalmente, le damos un sentido a nuestras vida, lo que, como ganancia adicional, no es nada despreciable. Y eso, que, como decía Jean-Paul Sartre, es una condición sustancial del hombre que lo acompaña en sus más nimias gestas cotidianas (somos héroes del supermercado, víctimas en rebelión frente al jefe de turno, amantes desatendidos de la última fiesta), se exacerba en colectividad y ante los grandes acontecimientos sociales. No es nada casual entonces que una colisión como la del 11 de abril de 2002, acaecida en Venezuela sobre el abono de dos crecientes mitos contrapuestos (el de la «revolución» y el de la «lucha por la libertad»), produjera, enseguida, sus libretos respectivos. Se trata de la natural particularización que sufren los discursos: es lo que va de la teoría al paper, de la doctrina al libelo, del género literario o televisivo al ejemplar concreto, novela o teleserie.

En el caso que nos ocupa, la textualización se ha llevado a cabo de manera ejemplar: en el seno de la Asamblea Nacional de la República, dos grupos de parlamentarios redactan sendos guiones de lo que, para cada grupo, es la síntesis de su respectiva mitología. Se trata, sin duda, de la película última (última en el sentido doble de relato terminante y de testificación final). Ambas versiones exhiben una pulcra sujeción a los preceptos de la narrativa aristotélica: son homogéneos y muestran una acción completa y perfecta; exhiben limpiamente sus héroes y villanos, sus dioses y sus demonios y, en un cuidadoso acomodo del tiempo y el espacio, disponen sus acciones significativas, su crisis, su clímax y su final. Dos obras dramáticas impecables y, por lo tanto —como dijo del drama una vez Aristóteles y ha repetido tantas veces Umberto Eco— ambas esencialmente mentirosas.

Las obras dramáticas no tienen fisuras: son la puesta en escena de un enfrentamiento de fuerzas antagónicas químicamente puras y en eso, ambos guiones son impecables. La película de los representantes de la oposición al gobierno, por ejemplo, es una obra hollywodense con un guión bastante estándar: se trata de la gesta de un héroe cuidadosamente encarnado en pulcros representantes de la sociedad civil, en combate frontal con un villano clásico. El villano es sanguinario, artero, y actúa con premeditación (cuando Chávez mira su reloj en medio de su discurso televisado de la tarde del 11 de abril, no está haciendo otra cosa que ordenar el fusilamiento de la sociedad civil por parte de los pistoleros de Llaguno). A los héroes los unifica su propósito: derrotar al villano y reestablecer el orden subvertido; entre ellos no hay conflictos de intereses, ni planes superpuestos, ni acciones espontáneas que contradigan o se independicen de la acción dramática principal. Los protagonistas son unidimensionalmente buenos y actúan como víctimas en justa rebeldía contra el antagonista, unidimensionalmente malo. Como en una película de Roland Emmerich —el director de aquel infausto filme de 1996 llamado Día de la Independencia— el mero rasgo funcional de oponérsele al villano hace de todos los personajes protagónicos encarnaciones del bien y de la democracia, héroes limpios y altruistas, incapaces de intereses mezquinos, de acciones premeditadas, de zancadillas o manipulaciones entre ellos mismos, emisarios homogéneos de la justicia y de la verdad.

El guión oficialista (para hacer uso de un acariciado lugar común) es un poco más enrevesado, aunque su base es también clásica. Apela a varios estereotipos heredados de Alfred Hitchcock, para proponer un relato de intriga (Intriga Internacional, por cierto, como la película del maestro británico), con su toque documental a lo Costa Gavras. El Pueblo, protagonista colectivo (fiel a la preceptiva artística/panfletaria de Sergei Eisenstein) erige su acción de resistencia heroica contra una intrincada red de intereses que es manejada en las tinieblas por una inteligencia satánica. La película es, simultáneamente, narración de la gesta del pueblo llano, crédulo y puro, en protección de su líder amado, y desmontaje detectivesco de una perversa componenda, repleta de manipulaciones tecnológicas y mediáticas, escrupulosamente articuladas (manipulaciones posibles e imposibles, pero siempre verosímiles). El guión hace uso de la férrea lógica causal del género policial para desplegar sus argumentos (la fabricación calculada de víctimas, el sacrificio por parte del enemigo de sus propios partidarios en beneficio del plan golpista, las señales en clave), aunque no deja de buscar la conmiseración dramática al más puro estilo de Hollywood (los desasistidos pistoleros del puente Llaguno disparando en defensa propia contra el inenarrable enemigo off camera). Imagen invertida en el espejo de su guión gemelo, los protagonistas de esta película son también puros y buenos, pero en su caso particular los unifica la verdad telúrica que emana de su líder visionario. Sus ayudantes mágicos además, al modo de las hadas madrinas, son bien intencionados, incapaces de manipular al prójimo y de una transparente y sólida investidura moral (revolucionaria).

A pesar de todos estos y muchos otros cuentos, sucede que la realidad de los hombres es poco dramática e irremediablemente humana. Lo de protagonistas y antagonistas de la historia es cuestión de colocación, de punto de vista, de privilegio de narrador que ajusta su versión a su visión y siempre viceversa. Sucede como en aquella gran novela de Enrique Jardiel Poncela en la que Dios, de visita por este planeta, acude a la enorme concentración que un mundo dividido en conservadores y liberales —capitalistas y comunistas, creyentes y ateos, etc.— ha preparado para Él. Ambas parcialidades reclaman para sí el Sentido de Dios, además de su Afecto, su Razón y su Gracia. Y el Todopoderoso, que es Arbitrario, Gratuito, Injusto y Caprichoso, los larga fríos y se queda solo y abandonado. La moraleja, creo yo, es que en la naturaleza no todo es acción y reacción orientadas, que ningún acaecer humano tiene un sentido propio o comporta unos valores intrínsecos. Nosotros, claro, convertimos interesadamente nuestros sucesos en cuentos, en guiones de películas, dejando por fuera esas energías confrontadas que muchas veces actúan simultáneamente, solamente fieles a su propia necesidad, más allá de moralidades y moralejas, dejando salir sus bondades y sus miserias, sus grandezas y sus ruindades y hasta coincidiendo en sus manipulaciones y ocultamientos. Con lo del 11 de abril de 2002, cómo no, hay que disfrutar de las respectivas películas, identificarse a gusto con los protagonistas de la versión escogida. Y luego, más allá del encanto tranquilizador de la ficción, abrir los ojos frente a la evidencias de una verdad cruda y contradictoria, seguramente menos confortable que todas las películas."

Carta para ustedes

February 9, 2009

Mientras los Ministros del Poder Popular  hablan del bien social y de la responsabilidad de los pueblos, yo veo como los vendedores de pájaros silvestres de la autopista que conecta Morón con San Felipe acaban con la fauna. Lo hacen desde hace varios años, he visto aferrarse a sus dedos jóvenes o encallecidos, loros, turpiales, tucanes y hasta guacamayas. Más allá o más acá, si acaso, un guardia nacional (ahora bolivariano) esconde su indiferencia bajo un toldo, guarecido del sol, mirando su celular, bostezando, o mirando nada. Y eso, casi nunca, porque muy frecuentemente  la autopista que conecta Morón con San Felipe (creo que todavía se llama Autopista Rafael Caldera, no lo sé),   es ahora la libertad y la ausencia, ya no existen patrullas de carretera, ni límites de velocidad, ni cauchos lisos, ni automóviles desvencijados fuera de circulación: todo es una absoluta igualdad democrática. Sin leyes.

Atravieso a menudo esta autopista y la Regional del Centro, veces sólo, a veces con mi familia, siempre acosado por los enormes camiones que rebasan mi pequeño automóvil,  y los maldigo cada vez que hacen estremecer mi auto en sus cabriolas cargadas de toneladas homicidas entre el hombrillo y la vía rápida: camiones públicos o privados, que exhiben desvergonzados la misma idéntica impunidad.  

Hoy el horror tan temido me llega muy cerca: un familiar de un ser muy querido perece bajo el impacto de un autobús, conducido por un conductor asesino más, uno sólo entre esos cientos de conductores que yo veo atravesar semana a semana la Autopista del Centro, impunes y ebrios de libertinaje, asesinos sin saberlo de sí mismos y de la vida que está siempre más acá de las palabras.

Yo no hago qué hacer con un dolor que me llega tan cerca, no hago qué hacer con mi impotencia. Sólo escribir este post. Y preguntarles a ustedes qué puede ser de un país en el que la vida que merecemos, ha sido sustituida por las palabras que aluden a ella.

Más real que lo real

February 2, 2009

La virtualidad posible

En un sentido amplio, la realidad virtual, esa certidumbre cuya insuficiencia sólo es garantizada por su inmaterialidad presunta, habita en todos los recodos de la experiencia cotidiana. Está en los juegos del niño para quien el mundo está conformado por una materia libremente dúctil, dócilmente transmutable y por eso hay felizmente leones en las piedras y pájaros en las nubes y dinosaurios en los autobuses. Está en nuestra duermevela, que nos recuesta en un filo de este mundo donde la realidad objetual se interpenetra y se confunde. Reside, por su puesto,  en el sueño, realidad virtual por excelencia, y en el soñar despierto que ocupa buena parte de nuestros días. Y por último, habita  en la página escrita y en el espejo y en la pantalla y en la palabra misma, es decir, en el lenguaje. La virtualidad es, en principio,  nuestra manera humana, de lidiar con lo actualizado. Y por eso hemos ido construyendo, desde todos los tiempos, mapas y mundos virtuales que habitar: ayer la palabra y el bisonte sobre la caverna y la tela que refleja el fantasma indiscreto del pintor; después la mentira de la fotografía o la deliciosa mixtificación del cine o la presencia engañosa del acompañante entrometido en la pantalla del televisor. Cada época ha tenido su virtualidad posible y en cada una de ellas nos hemos sumergido placenteramente: vicarios habitantes de la virtualidad del teatro, de la mansión abigarrada y deliciosamente absurda de la ópera, de la bidimensionalidad omitida en el cosmos de la pantalla grande, de la lejanía y la simbolización propias de la actual telepresencia. Virtual es nuestro pensamiento y nuestra memoria y nada virtual nos resulta extraño.

Nuestra realidad virtual

Técnicamente lo que se llama realidad virtual, como lo asevera Gonzalo Vélez Jahn es simulación  por  computadora, dinámica  y tridimensional,  con alto contenido gráfico, acústico y táctil, orientada a la  visualización de situaciones y variables complejas, durante la cual el  usuario ingresa, a través del uso de sofisticados dispositivos de entrada, a "mundos" que aparentan ser reales, resultando  inmerso  en ambientes altamente participativos, de origen  artificial[1]. La realidad virtual permite la navegación en el espacio por ella construido (la capacidad de desplazarse y recorrer ese mundo), la posibilidad de manipulación de los objetos que habitan en esa segunda realidad y supone la total inmersión del usuario en su existencia artificialmente construida. La realidad virtual de nuestros días es pues, un nuevo tranco en esta vieja manía humana de construirse espacios alternos en dónde habitar.

El mundo y los niños

Luis Alejandro tiene tres años y para él, el mundo está cubierto de un fino tejido de hilos impalpables que gobierna los objetos a distancia.  Luis Alejandro enciende el radio y el receptor de televisión desde el control remoto y sabe que su música favorita reside de alguna manera dentro de una caja negra cuyo contenido hay que rebobinar en otra cajeta chillona. Sabe también  que su música favorita mora de alguna forma en un disco plateado que a veces logra robar a su papá, que hay una caja blanca e inteligente en la cocina la cual, en pocos segundos, concede la temperatura ideal a su chocolate y que en la bocina de un pequeño artilugio de teclas iluminadas, de algún modo, siempre aparece la voz de la abuela. Esa es la realidad real de Luis Alejandro y cuando se sienta en la computadora, pide su CD-ROM favorito e interactúa con los cyberbugs de su favorito Gus goes to Cybertown, no hay nada que le sorprenda. Tanto el mouse del ordenador, como el control remoto, como el teléfono celular son sofisticados dispositivos de  entrada, a "mundos" que aparentan ser reales.  El mundo de Luis Alejandro es un mundo donde lo virtual (virtual para nosotros, quizás ya de otra época) se ha hecho incontestablemente real. Luis Alejandro disfruta y vive, simplemente, de su virtualidad posible.

La virtualidad del juego

El mundo de los niños, como decíamos, es un mundo maleable y heteromorfo. El niño, si se quiere, navega, inmerso en un cosmos sujeto a la manipulación. Vale decir, el mundo de esta realidad virtual tecnológica, de cascos visores, holodecks y manipuladores mecánicos, es el mundo tal como lo quieren y lo viven los niños. Sólo que el de los niños es un mundo virtual mucho más extenso que el de los adultos, que no finaliza con la desconexión de un modem, ni se deshace con la rotura del reproductor de discos compactos, sino que se prolonga en todos los recovecos y anima todo lo inanimado. A un niño no le sorprende la realidad virtual tecnológica, porque sus objetos no son más que otros objetos de un mundo que todo es virtual.

La doble tensión de lo tecnológico

La misma tecnología que han hecho posibles los ambientes virtuales, los juegos interactivos, los parque temáticos y las caminatas arquitectónicas -realidades que entre otras muchas ya se perfilan  en el horizonte mediato de los futuros viajeros del ciberespacio (o Cyberspace término, por cierto, introducido por un novelista: William Gibson, a través de su novela Neuromancer, donde los protagonistas viven en mundos generados por computadoras)- lleva en su seno dos términos contradictorios: la virtualidad supone, por una parte, la libertad creativa que confiere el poder diseñar cualquier mundo posible.  Por otra parte, tal este diseño es esclavo de la serialización. Los mundos virtuales son mundos imaginarios construidos con total libertad (y en este sentido, constituyen una prolongación creadora del mundo actualizado y definitivo en el que vivimos), y, a la vez,  son mundos constreñidos a todas las restricciones a las que están sometidos todos los objetos (virtuales o no) de nuestra civilización.

Esta contradicción, que no es única de los mundos fundados por la tecnología de punta, abarca, como se sabe, todos los productos masivos:  los alimentos, las diversiones, el cine, la televisión y, en particular, ese gran bocado para los negocios que constituyen los juegos para niños. En este mundo en el que uno de los objetos mas valorados es la representación de la violencia, no es de extrañar que sea la violencia la que innerve las diversiones más atractivas de la realidad virtual:  el Dactyl Nightmare, por ejemplo, típico entretenimiento del ciberespacio, sumerge a los cibernautas en un complicado mundo proyectado en un casco esteroscópico en el cual el usuario evoluciona sobre una suerte de tablero móvil de ajedrez (El objetivo, por supuesto, es eliminar a como dé lugar al enemigo transfigurado en guerrero y conformado por otro cibernauta). Este mismo espíritu, destructivo es característico de juegos como BattleTech,    Zone  Hunter, o FighterTown. Y también de cientos de juegos tecnológicamente más sencillos que inundan el mercado del software para las computadoras personales o  pululan en Internet. El mundo virtual, sin duda, es replica del mundo en que vivimos, asiste a sus miserias,  a sus fortunas e, invariablemente, hereda todas sus desgracias.

Volver al futuro

No obstante, la realidad virtual vino para quedarse.  La realidad de todos los días, para quienes puedan disfrutar de la tecnología,  se verá inundada de esos objetos inexistentes, mas verosímiles y manipulables que los objetos de la realidad real: un niño podrá ingresar virtualmente a una réplica del torrente sanguíneo y estudiar fantasmáticamente el palpitar de los vísceras o quizás podrá girar a voluntad, para estudiarla con detenimiento, la réplica enorme e ingrávida de un portaaviones. Los parques temáticos, con ambientes en tres dimensiones lo arrojarán directamente al interior de mundos como los prefigurados por  George Cruikshank o Fritz Kredel,  o interactuar con los animales del Zoológico de Anthony Browne.  Ya las historias no serán el reino para la aventura de un tercero, sino que irán naciendo de los atrevimientos y las decisiones del usuario convertido en héroe.  Un nuevo patio de juego se perfila en el horizonte cercano de los futuros infantes, como nacido de la más febril fantasía de Walt Disney.

Este nuevo territorio, sin embargo, no conlleva intrínsecamente ni la libertad absoluta ni la alienación castradora: es un momento de verdad y revelación, como lo ha dicho Marshall McLuhan cuya proyección al futuro es función de variables sociales que la rebasan. La realidad virtual no ofrecerá a los niños, en términos de contenido,  nada peor y muy poco mejor de lo que ya le ofrece la televisión o el cine. Si en cada segmento de la programación televisiva, en cada juguete publicitado  universalmente y en cada moda inducida por el consumo, priva la violencia y la agresividad gratuita, es de suponer que las mismas inquietudes y los mismos valores migren hacia la realidad virtual: esa es y será suerte de todos los medios. La realidad virtual nunca podrá ser mejor que la realidad en que vivimos. El hombre tiene la capacidad de construir sus réplicas y de diseminar sus fantasmas. Lo que hasta ahora no ha podido evitar es que, en el mismo acto, como sucediera con el engendro del Dr. Frankenstein, junto con lo mejor de sus sentimientos y de su creatividad, brote lo más aborrecible de su pequeñez  interior.


[1] Estas y otras referencias presentes en este artículo están extraídas del prolijo curso sobre realidad virtual dictado por el experto venezolano en la materia Gonzalo Vélez Jahn,  distribuido interactivamente desde Venezuela al mundo entero a través de Internet. Como se ve, la realidad virtual es sede de las realidades más concretas.

Publicado originalmente en Imagen 100-1149. Septiembre 1996.

El alma y el software


 

Desaparecida la cárcel de la carne, vencido el inestable soporte que almacena nuestro espíritu,  nuestra alma vagará  por los siglos de los siglos en la infinita red de capilares ópticos que se tiende más allá de la precariedad de este mundo. Y ya no habrá dolores ni angustias ni requerimientos, ni trámite perecedero con lo tangible de las cosas, porque todo será feliz e inacabable, limpio e idéntico a sí mismo: desnudos y definitivos, reducidos a nuestra   algorítmica esencia, ingresaremos en la realidad virtual. Y en la virtualidad, nuestra alma -nuestro software- transmigrará de hardware en hardware sin fenecer nunca, ora transfigurada en burda copia de un vetusto diskette de tres pulgadas y media, ora agazapada en la recién estrenada refulgencia de un compact CD-ROM, o duplicada y reduplicada en cientos de discos duros repartidos a lo ancho del mundo a través del World Wide Web. Así, abandonaremos satisfechos nuestra pesada carcaza mortal a sabiendas de que el verdadero paraíso coexiste con nuestra secular existencia y mientras  mi cuerpo -vivo o muerto- agota su ciclo previsible, la liviandad de mi alma digitalizada permanecerá por los siglos  de los siglos en el reino de las formas puras, descargada  de los avatares a los que la somete la terrena existencia de cualquier hard copy.
 
¿Dónde ha quedado el alma si no, en esa superficie intangible y cotidiana que ha abastecido la avanzada tecnológica? ¿En que lugar se ha guarecido la sustancia incorpórea que en el transcurso de los siglos se ha empeñado  en igualarse con el cuerpo, que ha saltado del sentimiento a la razón, del sujeto al mundo, negándose en definitiva a corromperse con la carne? El alma, cualquiera que cosa que ella sea: espíritu insuflado por un gran espíritu, conciencia autónoma, sutil realización de la materia, cualidad diferencial del homo sapiens, está allí, en esta nueva alma del mundo, la infinita red que reparte lo único que para sí mismo el hombre tiene: su significación. Enmarañada materialidad que oculta los recovecos que en su alma moran: el alma es el software, el  software es el alma. 

Desaparecido el hombre, el alma vagará inefable, repitiéndose a sí misma lo único que es y que la ata irreversiblemente al   hombre de  carne y hueso con quien compartió parte de su existencia: ese caprichoso juego de resonancias huecas, ese ordenamiento para nadie que es el del sentido. El sentido del  hombre solo con su alma sola.

El alma del hombre es el software, siempre lo fue, aun cuando ese software era forma pura para gobernar el estuco y para moldear las piedras: para ordenar la luz sobre la inanidad de una tela. Y ahora, liberada del espacio (el software, cuando es software, no tiene extensión, sino cuando es software en potencia) y almacenada en la intemporalidad, el alma se manifestará como lo que siempre fue: actualidad  virtualizada, virtualidad actualizada, efímera posibilidad de ser y de no ser al mismo tiempo.

No es causal que vivamos con tanto goce esta nueva espiritualidad materializada en apariencia: con la realidad virtual, hemos decidido a cohabitar con nuestros fantasmas, a dialogar con su realidad de murmullos y de sombras, a contentarnos con su  existencia simultáneamente eterna y transitoria.  El fonógrafo y el cine fueron  los primeros pasos (y antes la escritura): espejos de ese otro mundo de lo desaparecido, de lo puramente simbólico que seguía existiendo más allá y pre-existiendo más acá de la muerte.  El advenimiento de esta otra instancia, sin embargo,  que con su estatuto constitucionalmente paradójico -es realidad, porque es lo que se vive; es virtualidad, porque se supone que, lo que se vive, es aquello que no es- constituye un salto inopinado, un empellón. Y también un reconocimiento, una certificación, la entrada en otro régimen: el de lo imaginario admitido como variante de la realidad compartida. Ya no más es el alma retratada y muerta de lo que conocimos, ya no es el pasado presentificado que decía Barthes. Es el alma vagarosa y anónima: nunca sabremos si esa voz que traemos desde Internet al encender la pantalla de nuestra computadora, pertenece a alguien ya muerto o vivo o en diferido: es una voz que se ha puesto a vagar ahí, por el reino inaprensible de un enunciado que es cada vez más del tamaño del mundo, es el alma viva. Es el fantasma que nos coexiste,  que nos integra, que vive entre nosotros, que forma parte de esta realidad que se hace virtual, sin que sepamos dónde y hasta dónde. Y también, en el momento que vivimos, es el anticipo de una dislocación sin precedentes. Con la institución de la virtualidad, efectivamente, se desplazan los límites entre cuerpo y alma, entre hardware y software, (es decir, entre ser y lenguaje, o mejor dicho, en el lenguaje mismo). Hay una des-cosificación de las cosas o quizás una nueva cosificación, ingresamos definitivamente en un mundo de objetos impalpables y sin embargo fiduciados: sonidos, luminiscencias, espacios incorpóreos, voces e inclusive -ya se perfila- esencias olorosas digitalizadas. La relación intersubjetiva omite la materialidad, la desecha como un pesado bagaje y hasta el erotismo ha devenido en operación interior, exteriorizada en la virtualidad (cf. la desbordada ocupación perversa-polimorfa que ocupa buena parte de Internet, consagrada al intercambio de fantasmas, más bien  en el sentido lacaniano). Cada vez más, estamos más acompañados en el universo de la hiper-comunicación informática y cada vez estamos más solos. Solos con nuestro espíritu. Y es que  en la nueva espiritualidad,  como siempre, los extremos se tocan: Dios es el mundo y nosotros mismos, el alma hay que buscarla en el más allá del más allá, y en los más profundo de nuestro ser interior, el software está allí, inalcanzable y evanescente y el software somos nosotros. El alma, en el universo de la virtualidad, se desplaza entre lo virtual (lo imaginario) del mundo y lo imaginario (lo virtual)  de nosotros. Por fin ejecutamos en profundidad lo que se decía (otra vez Lacan), que somos seres de puro lenguaje, que el alma es código (No que el código es  alma -esa es otra pretensión de nuestra alma codificadora- sino que somos alma a través de que somos código).

No es casual tampoco que en lo virtual se realicen, imaginaria y simbólicamente, nuestras proyecciones, que la realidad virtual sea por excelencia el reino de lo proyectado, en su triple sentido de proyecto, de expulsión y de re-posicionamiento psicológico. En lo virtual confluyen lo apetitivo práctico y la abstracción intelectiva: concepto y sentimiento simbolizado se hacen uno. Lo virtual es la próxima cárcel de lenguaje, cotidiana y difícil, hegemónica y totalizadora. Por eso habrá que ponerse a reflexionar en esta nueva encarnación del alma que nos habita desde la realidad virtual. No porque sea menos real o más real que la realidad misma, porque toda realidad es una virtualidad construida. Sino porque nos modifica desde dentro, desde el sueño, desde el alma que somos. Sueños de un software soñado  por la efímera fragilidad del hardware.

 
 
Publicado en la revista Imagen 110-115. Caracas, Venezuela. 1996.

La lógica del genocida, según Sergio Dahbar.

Imprescindible este artículo de Sergio Dahbar, de su blog "Gente que necesita terapia".

Mi software en español para escritura de guiones

May 9, 2008
Será en el mes de septiembre cuando haga la presentación pública del programa para escritura de guiones que estoy creando: un programa que no se limita al consabido asunto del formato del guión - aderezado con consejos de autor- sino que le permitirá al usuario una construcción interactiva de la estructura, desde la premisa o la "historia en una línea", hasta la escaleta en su totalidad, pasando por la sinopsis. El programa contará con varios asistentes que permiten construir la estructura dinámicamente en todos sus niveles (estructura base, escaleta de acciones, dinámica de escenas y de diálogos), un fichero de personajes muy completo que permite la construcción de los personajes en su esencia dramática y en su caracterización, y un procesador de palabras con el formato apropiado para escribir guiones, que permite el intercambio y la interacción de todos los módulos. Todo esto en un interfaz que está resultando contemporáneo y amable. Lo que más me anima es la solidez del modelo teórico que le da vida al programa: es original y, a mi modesto entender, muy poderoso. Creo que va a ser un muy digno competidor en todos los terrenos.

Plagiarios

December 30, 2007

Un récord conservador de los plagios de los que he sido víctima por Internet en  este post.

 

Sobre el caudillo populista (II)

September 19, 2007

Más sobre el caudillo populista del interesante libro de Luis Brito García:

"Como bien dice Liscano, Betancourt es el primero de los dirigentes urbanos en "apropiarse los signos de las jefaturas tradicionales del país". Lo hace, porque una suerte de cultura política parece haber llevado al venezolano a identifi­car históricamente al hombre de poder a través de una cons­telación precisa de señales. Esta apropiación coincide con frecuentes ataques verbales contra el caudillismo histórico, pero no le impide revestir, por así decirlo, las galas del di­funto.

Tal práctica es esencial en Venezuela porque la escasa coherencia de la ideología populista contribuye a que el én­fasis del debate político pase de lo ideológico a lo partidista, y de lo partidista a lo personal. La imagen visible del líder sobrepasa a los restantes componentes del discurso político: es una suerte de "meta-mensaje".

Como lo reconoce el accióndemocratista Enrique Teje­ra París: "hemos dado en copiar —y exagerar— un sistema de campañas en las que la ‘imagen’ que refleja (nótense las palabras) el candidato pasa a ser más importante, que sus cualidades intrínsecas (…) y consecuentemente, pasan tam­bién a un segundo plano los programas de gobierno que ofrece cada uno de los partidos".

Esta figura o "imagen" del dirigente habla más que al intelecto, a la emocionalidad. Como bien lo ha señalado Ernest Dichter:

"En la mayoría de las elecciones las emociones determinan los resultados más que las plataformas políticas. Se comprobó el ali­vio emocional de los encuestados en una situación en que podían reaccionar con alegría y felicidad ante la elección del candidato favorito"2 .

En tercer lugar, cabe destacar que, la mayoría de estos rasgos inherentes al caudillo no son lingüísticos. Refieren a "modos de ser" que se traducen en "prácticas". ¿Pueden ser considerados como "mensajes", y analizados como tales? Creemos que sí. El poder del caudillo se basa en su "presti­gio": en la opinión que el grupo social tiene sobre él. Tal opinión ha sido formada, como todo otro conocimiento, por la percepción de significantes que, interpretados de acuerdo a ciertos códigos, producen ciertos significados y se constituyen en signos.

Como bien lo señaló Barthes al referirse al mito, un mensaje puede estar constituido por la más amplia variedad de señales distintas de las verbales:

"Esta habla es un mensaje y por tanto, no necesariamente debe ser oral; puede estar formada de escrituras y representaciones: el discurso escrito, así como la fotografía, el cine, el reportaje, el deporte, los espectáculos, la publicidad, todo puede servir de so­porte para el habla mítica. El mito no puede definirse ni por su objeto ni por su materia, pues toda materia puede ser dotada ar­bitrariamente de significación: la flecha que se entrega para sig­nificar un desafío es también un habla"    .

El estudio del carisma caudillesco será, por tanto, el de las más variadas "materias dotadas arbitrariamente de signi­ficación". Una prenda de vestir, un plato típico, un amule­to, devienen signos. También lo son la preferencia por un entretenimiento, las costumbres, las prácticas. Cada uno de ellos es susceptible de una explicación verbal; pero casi nun­ca son sustituibles por ella. Producen, como decía Betan­court   "profundos  arraigos en la conciencia  popular"23.

Ello nos lleva al problema de sistematizar cuáles son ta­les signos, hasta ahora señalados por diversos autores de ma­nera episódica, fragmentaria y asistemática.

Para establecerlos, hemos creído útil recopilar y clasifi­car un conjunto de rasgos atribuidos en forma repetitiva a destacados conductores en nuestra historia. Parte de ellos eran ya referidos a los caciques indígenas y a los conquista­dores; se repiten en los caudillos de la Independencia, y son en cierta medida replicados por los dirigentes populistas.

Para sistematizarlos, hemos elegido un elenco de seis ‘caudillos’ tradicionales —Boves, Páez, Guzmán Blanco, Crespo, Cipriano Castro y Gómez— y de seis dirigentes con­temporáneos —Betancourt, Leoni, Caldera, Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campíns y Lusinchi. La elección ha sido guiada tanto por la celebridad de los dirigentes como por su efectiva detentación de un poder real. La misma no nos impedirá citar rasgos de otros políticos notables. No se nos escapa que  entre los dirigentes contemporáneos algunos, como Leoni y Lusinchi, han accedido a la presidencia den­tro de una cierta institucionalidad partidista que, más que a dotes visibles de caudillismo personal se asemeja a lo que Weber llamaría rutinización del carisma —esto es, el intento de transmitir institucionalmente los dones y cualidades del dirigente.

El estudio de tales atribuciones realizadas a los dirigen­tes por historiadores y periodistas —pero también por la tra­dición popular, la propia propaganda y a veces el rumor ver­bal— nos ha permitido aislar una veintena de rasgos "caudillistas". En su conjunto, corresponden a un sistema natural de legitimación del poder presente en una específica socie­dad agraria y semifeudal, sistema que ha sido conservado co­mo tradición por el aparato ideológico partidista. Ellos son:

a.- En primer lugar, los atinentes a la persona del caudi­llo, atributos inmanentes que testimonian su capacidad in­trínseca, propia e intransferible para el mando: personalis­mo, protección por las fuerzas invisibles, resistencia física, machismo y astucia.

b.- Esta capacidad personal para el mando se confirma mediante un específico cuadro de relaciones con los alle­gados, que demuestran, ante todo, la autoridad del caudillo en el marco inmediato que le rodea: origen modesto, patriarcalismo, particularismo, retiro e imposición del sucesor.

c- En tercer lugar, el caudillo ha de legitimar su manda­to probando, mediante rasgos visibles y externos, su afilia­ción a una específica y amplia comunidad cultural. Tales rasgos sirven de vehículo entre el poder personal y la comu­nidad sobre la cual se ejerce. Intentan, de forma bastante precaria, establecer la discutible identidad entre gobernante y gobernados, que autoriza a representarlos. Ellos son "las costumbres" del caudillo: las comidas criollas, el traje ruralizante, el amor por los animales, los entretenimientos po­pulares y el habla popular.

d.- La relación con los gobernados, en fin, se presenta dentro de los rasgos de: contacto con el pueblo, igualitaris­mo, entroncamiento simbólico con el Libertador, inserción en una causa, y dádiva. La afiliación cultural con la comunidad es aquí puesta en práctica en el plano político, pero siempre dentro de las determinantes personales relativas a la individualidad del caudillo.

La constancia histórica de estos rasgos tiene una alta significación. No implica, como ya hemos dicho, que sean una misma cosa los caudillos rurales y los populistas. Signi­fica que estos últimos han apropiado de manera consciente, y un tanto anacrónica y descontextualizada, los gestos, em­blemas y simbologías a través de los cuales sus antecesores concitaron la obediencia. Al repetirlos, estiman, por lo tan­to, que tales signos constituyen todavía una suerte de legiti­mación del poder compartida por gran parte de la clientela política."

Sobre el caudillo populista (I)

September 11, 2007

Con mucho interés releo el excelente libro de Luis Britto Garcia, La máscara del poder (Alfadil, Caracas, 1988). Me parece tan acertado en sus apreciaciones sobre la sociedad venezolana que me limito a transcribir algunas sus páginas:

"En una sociedad de orígenes rurales como la venezolana, el símbolo aglutinador de todo discurso sobre el poder es el del caudillo carismático. Max Weber define al carisma como "la cualidad, que pasa por extraordinaria (condicionada mágicamente en su origen, lo mismo si se trata de profetas que de hechiceros, árbitros, jefes de cacería o caudillos militares), de una personalidad, por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas —o por lo menos específicamente extracotidianas y no asequibles a cualquier otro—, o como enviado del dios, o como ejem­plar y, en consecuencia como jefe, caudillo, guía o líder". Ante todo, estamos conscientes de las dificultades del empleo de este concepto. Una tentación reduccionista po­dría llevar a decir que el carisma "no explica nada". Por el contrario, creemos que dicho término abre un campo de indagaciones para aquellos fenómenos de la política que no están directamente determinados por la institucionalidad abstracta, o por lo que el mismo Weber llamaba "legitima­ción jurídica". El concepto de carisma tendrá valor en la medida en que se deje de usarlo como mera palabra sin con­tenido, y se pase a referirlo a un conjunto de rasgos persona­les estrechamente vinculados con las circunstancias econó­micas, sociales, políticas y culturales de una sociedad espe­cífica. Pues el carisma no es inefable, ni abstracto, ni univer­sal, ni eterno, ni intangible. Corresponde a un conjunto de características que le permiten a una persona determinada una eficaz actuación política en una circunstancia dada. Las mismas podrían ser inútiles, y hasta contraproducentes, en lugar y época distintas. Ello nos conduce a formular la segunda advertencia so­bre el tema de los rasgos del caudillismo. No sostenemos, desde luego, que sea exactamente lo mismo un caudillo que un dirigente populista. El primero opera en un escenario rural, y centra su poder en un conjunto de relaciones persona­les directas. El segundo extiende su área de operación a las ciudades, y tiene como instrumento de poder un partido. El prestigio del primero se prueba preferentemente en las cam­pañas militares; y el del segundo en las electorales, lo cual no excluye su participación en aventuras armadas. El ‘caudillo’ tiene como sustento la economía local o regional; el populista sobrevive apropiándose de una u otra forma de la renta de un Estado centralizado. A pesar de estas innegables diferencias en cuanto al ámbito, modo de operación y financiamiento del poder, como veremos, el líder populista continúa sirviéndose de los rasgos visibles que constituyeron el prestigio o el "carisma" del caudillo rural. Pues está en la esencia del populismo la apropiación de rasgos tradicionales que refieren a una supuesta esencia "nacional-popular". Con respecto a la imagen del hombre de poder, lo "nacional-popular" y lo "tradicional" son los estereotipos externos del poder caudillesco. Notables his­toriadores señalan esta ominosa presencia del arcaico caris­ma en nuestra contemporaneidad política. Coincidimos, en este sentido con lo expresado por Ramón J. Velásquez:

"Pero yo pienso que hay una serie de características del gober­nante tradicional venezolano, llámese o no caudillo, que se han adentrado en la moderna democracia venezolana. De ello no tie­nen culpa los propios protagonistas, en razón de que la estructu­ra económica-social del país no ha sufrido un cambio revoluciona­rio. También de que la democracia en cada país es producto de una realidad social, de unos hechos históricos, de una manera de entender la política que sigue vigente en su raíz, cualquiera que sean las modas políticas e ideológicas o los cambios en procedi­mientos legales o administrativos" .

Y añade Velásquez, que el caudillo de turno "rudo en unos casos, benevolente en otros-, ampuloso, magnificente o arbitrario como Guzmán, despectivo de la ley y las institu­ciones como Crespo, duro como Monagas, contribuye a per­filar nuestro carácter". Parecida caracterización del caudillo efectúa Juan Liscano. Lo que de él atrae a las masas es "su astucia, su cara­dura, su ímpetu exterior, sus defectos, la imagen que pro­yecta y nunca lo que es dentro de sí". Las masas admiraron a Betancourt "su viveza para enredar y derrotar al adversa­rio, su demagogia tan particular"; admiran al jefe "macho, polígamo, atrevido, zamarro o impetuoso, poco apegado a principios, amigo de los suyos, capaz de repartir entre sus oficiales", por lo que "se vuelve al caudillo, al personalismo, al efectismo"".

Erich Fromm revisitado

June 10, 2007

A punto de escribir un artículo acerca del odio que, muy a nuestro pesar, ejercemos y almacenamos en estos tiempos (el amor y la concordia, el diálogo y la deliberación, la esperanza y la caridad son las máscaras lingüísticas, al uso,  de una rabia inconmensurable) me topé con un libro que leí hace unos treinta años: Anatomía de la destructividad humana de Erich Fromm (Siglo XXI Editores, México:1975). Quería saber porqué hay tiempos como estos que sacan lo peor de todos nosotros, como me lo comentaba Lourdes Mata, compañera en estas preocupaciones.  El libro en cuestión era una referencia vaga en el almacén de mi memoria y lo hojee en busca de alguna apoyatura, para toparme con reflexiones sobre la destructividad y la agresión que rebasaban el ámbito estrecho de un artículo. Opto entonces por dejar que el texto hable por sí solo:

El hecho de que la agresión revolucionaria genuina, como toda agresión engendrada por el impulso de defender la vida, la libertad o la dignidad propias, es biológicamente racional y parte del funcionamiento humano normal no debe hacernos olvidar que la destrucción de la vida no deja de ser destrucción, aun cuando esté justificada biológicamente; el que uno la crea humanamente justificada o no depende de sus principios religiosos, morales o políticos. Pero cualesquiera que sean sus principios al respecto, lo que importa es comprender cómo la agresión puramente defensiva se mezcla fácilmente con la destructividad (no defensiva) y con el deseo sádico de invertir la situación mandando a los demás en lugar de ser mandado por ellos. Siempre que esto sucede, la agresión revolucionaria se corrompe y propende a renovar las condiciones que trataba de abolir.

Aparte de los factores ya examinados [la capacidad del hombre de imaginar hechos amenazadores en el futuro, la excitación de la agresión defensiva mediante el lavado de cerebro, la amenaza de la libertad] una de las causas más importantes de agresión defensiva es el narcisismo lastimado.

(…)

(E)l narcisismo … [puede describirse] como un estado de experiencia en que sólo la persona, su cuerpo, sus necesidades, sus sentimientos, sus pensamientos, su propiedad, todo cuanto y quienquiera le pertenezca son sentidos como plenamente reales, mientras que todas las cosas y personas que no forman parte de la persona o no son objeto de sus necesidades no son interesantes, no son plenamente reales, se perciben sólo por el reconocimiento intelectual, y afectivamente no tienen peso ni color. Una persona, en el grado en que es narcisista, tiene una doble norma de percepción. Sólo ella y lo que le pertenece tiene importancia y el resto del mundo está más o menos desprovisto de peso y color, y a causa de esta doble norma, la persona narcisista deja ver graves defectos de juicio y le falta capacidad para ser objetiva.

A menudo, la persona narcisista logra una sensación de seguridad en la convicción enteramente subjetiva de su perfección, su superioridad sobre los demás, sus extraordinarias cualidades, y no por su relación con los demás ni por sus trabajos o creaciones reales. Necesita aferrarse a su imagen narcisista de sí misma, ya que en ella se basan sus sentidos de valor y de identidad. Si este narcisismo se ve amenazado, la amenaza es contra una región de importancia vital. Cuando los demás lesionan ese narcisismo con el desdén, las críticas, la revelación de los errores cometidos de palabra, la victoria en el juego o de otros muchos modos, la persona narcisista suele reaccionar con ira o rabia intensas, sea que las manifieste o no, o tal vez ni siquiera se dé cuenta de ello. La intensidad de esta reacción agresiva puede verse con frecuencia en el hecho de que esa persona nunca perdonará a quien hirió su narcisismo y a menudo siente un deseo de venganza que sería menos intenso si hubieran sido su cuerpo o su propiedad los atacados.

Muchas personas no se dan cuenta de su narcisismo, y sólo de aquellas de sus manifestaciones que no lo revelan francamente. Así, por ejemplo, sentirán una excesiva admiración por sus padres o sus hijos y no tienen dificultad en manifestar esos sentimientos porque tal comportamiento suele juzgarse positivamente como piedad filial, afecto a los padres o fidelidad; pero si hubieran de expresar lo que sienten de su propia persona, como "yo soy la persona más maravillosa del mundo", "soy mejor que nadie" o cosas por el estilo, no sólo se sospecharía que son terriblemente vanos sino incluso tal vez que no están en su sano juicio. Por otra parte, si la persona ha logrado algo apreciado en el arte, la ciencia, el deporte, los negocios o la política, su actitud narcisista no sólo parece realista y razonable sino que continuamente la están alimentando los demás. En estos casos tal vez dé rienda suelta a su narcisismo por haber sido sancionado y confirmado socialmente. En la actual sociedad de occidente hay una interconexión pecular entre el narcisismo de la celebridad y las necesidades del público. Éste quiere estar en contacto con gente famosa porque la vida de la gente común y corriente es vacía y aburrida. Ls medios de comunicación masiva viven de vender fama, y así todo el mundo queda satisfecho: el ejecutante narcisista, el público y los mercaderes de fama.

Entre los líderes políticos es muy frecuente un alto grado de narcisismo, que puede considerarse una especie de deformación (o ventaja) profesional sobre todo en quienes deben su poder a la influencia que ejercen en el gran público. Si el dirigente está convencido de sus extraordinarias dotes y su misión, será más fácil convencer a grandes multitudes, atraídas por personas que parecen tan categóricamente seguras. Pero el dirigente narcisista no se sirve de su carisma narcisista como de un instrumento de éxito político; necesita el triunfo y los aplausos para su propio equilibrio mental. La idea de su grandeza e infalibilidad se basa esencialmente en su ampulosidad narcisista, no en sus verdaderos hechos en tanto que ser humano. Y no puede pasarse sin la hinchazón narcisista porque su núcleo humano —convicción, conciencia, amor y fe— no está muy desarrollado. Las personas extremadamente narcisistas casi se ven obligadas a hacerse famosas, porque de otro modo estarían deprimidas e insanas. Pero hace falta mucho talento —y oportunidades apropiadas— para influir en los demás a tal grado que su aplauso convalide esos sueños narcisistas. Aun cuando esas personas triunfen, se sienten impulsadas a buscar nuevos éxitos, porque para ellas el fracaso podría acarrear el desplome total. El éxito popular es efectivamente su autoterapia contra la depresión y la locura. Peleando por sus objetivos, pelean en realidad por su equilibrio mental.

Cuando, en el narcisismo colectivo, el objeto no es el individuo sino el grupo al que pertenece, el individuo puede comprenderlo perfectamente y manifestarlo sin restricciones. La afirmación de que "mi país" (mi nación, mi religión) es el más maravilloso, el más culto, el más poderoso, el más pacífico, etc. no parece nada extraña; por el contrario, da una nota de patriotismo, fe y lealtad. Parece también un juicio de valor realista y racional, pues lo comparten muchos miembros del mismo grupo. Este consenso logra transformar la fantasía en realidad, ya que para muchas personas, la realidad está constituida por el consenso general y no se basa en la razón ni en el examen crítico.

El narcisismo grupal tiene funciones importantes. En primer lugar, fomenta la solidaridad y cohesión del grupo y hace más fáciles las manipulaciones al apelar a los prejuicios narcisistas. En segundo lugar, es un elemento en extremo importante porque da satisfacción a los miembros del grupo, y en particular a quienes no tienen muchas razones de sentirse orgullosos ni valiosos. Aunque uno sea el último miembro de un grupo, el más lamentable, pobre y desdeñado, halla una compensación a su triste condición al poderse decir: "Soy parte del grupo más maravilloso del mundo. Yo, que en realidad sólo soy un gusano, me convierto en gigante al pertenecer al grupo." Por consiguiente, el grado de narcisismo grupal está en proporción de la falta de satisfacciones verdaderas en la vida. Las clases sociales que más gozan de la vida son menos fanáticas (el fanatismo es una cualidad característica del narcisismo de grupo) que otras, como la clase media, que padecen escaseces en todos los campos materiales y culturales y llevan una vida de hastío absoluto.

Al mismo tiempo, cuesta poco fomentar el narcisismo de grupo para el presupuesto social; en realidad puede decirse que prácticamente nada si se compara con lo que cuesta elevar el nivel de vida. La sociedad sólo tiene que pagar a los ideólogos que formulan las consignas engendradoras de narcisismo social; por cierto que muchos funcionarios sociales, como maestros de escuela, periodistas, ministros del culto y profesores, participan sin paga, por lo menos en dinero. Reciben su recompensa al sentirse orgullosos y satisfechos de servir una causa tan noble… ganando mayor prestigio y promoción.

Aquellos cuyo narcisismo está relacionado con su grupo y no consigo mismos en tanto que individuos son tan sensibles como el narcisista individual y reaccionan furiosamente a cualquier cosa que vulnere real o imaginariamente a su grupo. Si acaso, reaccionan con mayor intensidad, y ciertamente, de un modo más consciente. Un individuo, a menos de estar mentalmente muy enfermo, puede siquiera tener alguna duda acerca de su imagen narcisista personal. El miembro del grupo no tiene ninguna, ya que su narcisismo lo comparte la mayoría. En caso de conflicto entre grupos que atacan mutuamente sus narcisismos colectivos, la misma impugnación despierta intensa hostilidad en cada uno de ellos. La imagen narcisista del grupo propio se eleva a su punto más alto y la devaluación del grupo contrario baja hasta el fondo. El grupo propio se convierte en defensor de la dignidad humana, la decencia, la moralidad y el derecho. Al otro grupo se le atribuyen cualidades diabólicas; es traidor, despiadado, cruel y fundamentalmente inhumano. La violación de uno de los símbolos del narcisismo de grupo —como la bandera, o la persona del emperador, el presidente o un embajador— provoca una reacción de furia y agresión tan intensas que incluso la gente está dispuesta a seguir a sus dirigentes en una política guerrera.

El narcisismo colectivo es una de las fuentes más importantes de agresión humana y sin embargo, como todas las demás formas de agresión defensiva, es reacción a un ataque contra intereses vitales. Difiere de otras formas de agresión defensiva en que el narcisismo intenso en sí es un fenómeno semipatológico. Considerando las causas y la función de sangrientas y crueles matanzas en masa como las ocurridas entre hindúes y musulmanes en el momento de la partición de la India o recientemente entre los musulmanes bengalíes y sus gobernantes paquistaníes, vemos que el narcisismo colectivo desempeña ciertamente un papel considerable, cosa nada sorprendente si tomamos en cuenta que nos las habemos con las poblaciones virtualmente más pobres y miserables del mundo entero. (…)

pp. 207-210

De seguido, Eric Fromm se dedica a hacer un esbozo de lo que son sus consideraciones para la reducción de la agresión defensiva. Por lo demás, seguiré releyendo a Fromm, buscando entender la lógica de estos tiempos aciagos.

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