Semiótica del mensaje de texto (o las paranoias de “la ex”).
Aunque ya no me ocupo mucho de esas cosas, me parece que la comunicación por mensajes de texto vía celular introduce un manejo en sus "hablantes" que irá configurando una suerte de lenguaje de segundo orden, sometido a reglas particulares. No me refiero, por supuesto, al asunto de las abreviaturas, a las modificaciones morfológicas o sintácticas ni mucho menos a los "emoticones", sino al aspecto pragmático, comunicacional del asunto. La reflexión me viene de manera directa cuando pienso en la comunicación pasional, amorosa concretamente. Digamos, para ponernos metafóricos y eufemísticos (me encantan los esdrújulos sucesivos) que tuve una novia (la llamaré "la ex" para fines estrictamente explicativos y teóricos) que era notablemente frágil frente a la desnudez pragmática de los mensajes de texto: sensible como era (y sigue siendo, supongo yo) al menor cambio o entonación de una voz, podía distinguir la más sutil alteración de mi ánimo con solo escuchar mi carraspeo inicial al teléfono y, además, era capaz de adivinar el lugar y el contexto en el que me encontraba, si estaba solo o acompañado, si tenía enfrente una mujer, un niño o un perro, si el rating del canal me tenía afectado y, en ese caso, a cuánto había descendido su valor hasta la segunda cifra decimal, todo absolutamente todo. La consabida, sin embargo, no era capaz de decodificar correctamente mis mensajes de texto: si en alguna circunstancias yo contestaba con un "sí" alguno de sus requerimientos telefónicos textuales (literalmente hablando), ella se apresuraba a acusarme (vía texto) de lacónico y cortante. Si, por el contrario, me extendía en alguna frase amable (por ejemplo "Sí, como no, con gusto") , me endilgaba un "k t pasa, chico, no seas tan irónico". Si en alguna oportunidad escribía "No puedo" me tildaba a veces de abandonador y otras veces erigía un reconocimiento a mi asertividad ("lo que tú digas mon amour, así me gusta, usted es quien manda"). El problema aquí, creo yo, no es de "la ex": de hecho, yo mismo proyectaba mi estado de ánimo sobre sus malditos mensajes de texto y no pocas veces la acusé de traidora porque no me contestaba enseguida mientras conducía a toda velocidad su automóvil llevando a su hijo a una clínica de emergencia, contexto que yo lograba reconstrur a posteriori, en una airada aclaratoria cuerpo a cuerpo. El problema es más bien, como diría un lingüista, estructural: el mensaje de texto instituye una suerte de conversación sin contexto pragmático real o, mejor dicho, una conversación (no una relación epistolar, que es otra cosa) cuyo contexto pragmático, en el peor de los casos, se hace fuertemente sensible a las proyecciones emocionales de sus hablantes (o de sus "escribientes"). Me falta la parte sociolingüística de esta elucubración, pero me parece que los nuevos usuarios de este lenguaje han logrado un manejo práctico de esa hipocodificación (como diría Umberto Eco) y no se enrollan tanto como "la ex" y este servidor, porque logran combinar el uso puramente operacional de este (nuevo) lenguaje ("k pasa"), con el uso amoroso y conversacional (Ay no!"), haciendo uso de un código restringido para ampliarlo como lenguaje es decir aprendiendo y, a la vez, creando un nuevo lenguaje. Igual hace mi hijo con el Nintendo e igual estamos haciendo todos con Internet y todo lo que falta por venir. Como hubiera gozado Anthony Burgess con todo esto que está pasando.

