Dos tipos de mente

August 14, 2006

Siempre he creído que hay dos variedades de pensamiento, dos maneras de encarar la vida, sobre todo, de razonarla: lo que para algunos es brutalidad o inteligencia, deficiencia o sagacidad, a mí se me ocurre pensarlo como el producto de una dicotomía entre dos tipos de organización mental que, caprichosamente, me ha dado por llamar la mente contenidista y la mente estructural, por no llamarlas semántica y pragmática, o simplemente avant la lettre y maliciosa. La mente contenidista piensa el mundo como un agregado de cosas, como el producto de una acumulación de atributos inconexos: procede según la supuesta obviedad de las palabras (que nunca son obvias) y cree que las cosas tienen significado en sí mismas (más aún, busca siempre el significado y no el sentido). Donde la mente estructural —que por sobre las cosas mira las relaciones y en ese tránsito construye el sentido— el contenidista busca el significado como algo preestablecido que cree poder descubrir en un acto mágico. Para el contenidista los objetos del mundo han sido etiquetados con adjetivos, son buenos o malos, aburridos o graciosos (por eso el contenidista no llega hasta el humor, su humorada se contenta en la burla) y cuando aplica su lógica sobre los objetos del mundo, rara vez el todo le resulta mayor que la suma de las partes. La mente estructural, por su lado, es una mente dinámica que construye constantemente el sentido desde su propia inquietud: rara vez procede literalmente, porque cree que detrás del significado “literal” de las palabras se oculta siempre otro significado y detrás de ese significado otro, y así hasta el infinito (digamos que, en su proceder, es una mente poética por excelencia, si por poético se entiende aquello que engloba lo infinitamente generativo). Es la mente que mira de soslayo, que interroga el contexto y, que entiende al todo como estructura y al contenido como uno de sus efectos. La mente contenidista es a la mente estructural, en suma, como el carácter estático de la explicación es a la mostración dinámica, como el inventario al análisis, como lo obvio a lo obtuso. Todo esto me viene porque no encuentro otra manera de explicarme la distancia que hay entre los razonamientos, las interpretaciones, la percepción misma de personas que, requeridas por el mismo ejercicio intelectual (como creadores, como analistas o como simples seres humanos urgidos por la necesidad de entender), miran al mundo desde extremos tan disímiles (el mejor Woody Allen era experto en exponer el contraste —a veces patético hasta lo risible— entre el pensamiento contenidista y el pensamiento estructural). Lo que digo, además, poco tiene que ver con la cultura o con el nivel de inteligencia: hay contenidistas inteligentísimos que son incapaces de entender la estructura de un chiste (ingenieros, por ejemplo, o militares de alta graduación comprometidos en ingentes tareas humanas, o semióticos de altísimo nivel), como hay mentes estructurales, ni cultivadas ni quizás muy inteligentes, capaces de captar sutilezas relacionales que se le escapan a sus congéneres. Acaso contenidistas y estructurales forman parte de la diversidad y sus dos tipos de pensamiento se complementan, digo yo, a pesar de que, desde mi mente estructural, no soporto el pensamiento contenidista. Qué vamos a ser si no somos iguales.

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