Política y melodrama
Hay pueblos, como el mío, que viven el melodrama y no sólo lo viven, lo actúan. Y no únicamente por su confesada afición por el “gesto” romántico (en todos los ámbitos, desde el patriótico hasta el amatorio), o en virtud del “sentimentalismo” que adjudica Monsivaís a los latinoamericanos, sino –lo que es peor- por la estructura profunda de un texto social que nos atraviesa a todos y que instala su (nefasta) verosimilitud en todas las instancias de nuestro quehacer social y político. Vamos a explicarnos:
Lo estructural del melodrama no es que se asuma como discurso del sentimiento sino, más bien, su presuposición de la inmanencia, el hecho de constituirse en un tipo de discurso que exhibe y pone en escena el mundo tal como debe ser (lo que equivale a decir que no puede ser de otro modo). Tal y como sucede también en nuestros discursos políticos: hay lo que es y lo que debe ser y el papel de la Historia es restituir a un orden (siempre retrógrado) lo que la incertidumbre ha desorganizado. Como en la caverna de Platón, en el melodrama (y en nuestro discurso político) todo está predeterminado.
Este universo de lo inmutable propio del melodrama está gobernado, como se sabe, por una suerte de justicia divina que se reparte en dos polos: el amor o la maldad, la traición o la Historia (“Dios” y “Las Tinieblas” – los dos polos de la religión de Manes- se redibujan de mil formas en el melodrama). El drama realista, quizás más caro a otras culturas, consiente en el fondo la inestabilidad: suele ser un tour de force contra el mundo, que admite la existencia de fallas (el universo puede transformarse). El melodrama, por el contrario, se recorta sobre un mundo ya hecho, y de allí, naturalmente, que esté habitado por arquetipos. Entrar en el mundo del melodrama, tanto en los melodramas filmados, como en los melodramas de la política, es entrar en el mundo de la fatalidad tanto estructural (nos ocurre siempre lo mismo), como constitutiva (somos “actores” sociales o “actores” políticos de ese mundo predeterminado). Dicho en el lenguaje de los teóricos: cuando vivimos en el melodrama somos personajes que nos movemos en la cárcel que nos impone una fábula. Esta fabula (que ya ha sido una y mil veces contada) nos sobredetermina y nosotros, personajes planos, nos limitamos a ilustrarla. Tal como sucede en las radionovelas y los boleros, sucede en la política: nos dan el libreto y nosotros lo representamos.
Hay una segunda instancia de lo melodramático en la que participamos y es que el melodrama es el discurso de la adjetivación y no un discurso dramático propiamente dicho (lo dramático es lo que transforma y pone en riesgo; el melodrama clasifica y a menudo complace). En el melodrama (y en nuestro pensamiento político) las cosas son por lo que se les etiqueta, nunca por cómo funcionan. En otras palabras, el melodrama es el discurso de la comodidad nominativa (el escritor melodramático, de telenovelas o de discursos políticos, suele contentarse con repartir calificativos: “amor puro”, “amor grandioso”, “amor patrio”). Si en el drama el triunfo del héroe se debe al sudor y las lágrimas, en el melodrama, político o del otro, basta con el llanto (ayudado a veces por el Kino, pero no nos adelantemos). Corolario: el melodrama es el discurso de lo pasivo, el discurso de los que se creen víctimas o ungidos y que esperan (sentados) a que el destino (o el líder político) les cambie su historia, siempre predeterminada. (A)mor, desgracia causada por el traidor, triunfo de la virtud, castigo y recompensa es la estructura narrativa inmutable del melodrama, de acuerdo con Pavis en su Diccionario del Teatro y nosotros, en tanto personajes melodramáticos, siempre estamos a la espera del príncipe idealizado que castigue al villano y nos dé lo que merecemos.
Llegamos así al último punto y al más importante: el melodrama se rige por la responsabilidad del otro, por el deus ex machina que lo resuelve todo, así en la tierra como en el cielo. El melodrama es el discurso del padre idealizado que al final de la de la jornada política, de la telenovela o del micro propagandístico nos devuelve al paraíso, amoroso o petrolero, sin más esfuerzo que el de participar en la Historia (con y sin mayúsculas): a lo mejor somos melodramáticos porque carecemos de la atención paterna y lloramos y sufrimos en una eterna telenovela (no la de la televisión, la cotidiana) hasta que el padre omnipotente se presenta, en cualquiera de sus formas, y nos resuelve los rollos.
En fin, nosotros los latinoamericanos (¿o debería decir los venezolanos?), nos solemos sentir cómodos en el melodrama: es una casa conocida con muchos espejos en los que podemos reflejar nuestras cuitas (y una sola ventana por donde se asoma el villano), tiene la ventaja de lo previsible y nos confiere la seguridad narcisista de qué, como en las comiquitas, sabemos siempre dónde nos queda la puerta de salida. La vida, con sus accidentes y sus claroscuros, que nos pone a nosotros mismos a edificar nuestra historia (con y sin mayúsculas) no parece ser para nosotros. Por eso nos instalamos a vivirla melodramáticamente, por eso la política que vivimos es otra versión de la telenovela.

