Erich Fromm revisitado

June 10, 2007

A punto de escribir un artículo acerca del odio que, muy a nuestro pesar, ejercemos y almacenamos en estos tiempos (el amor y la concordia, el diálogo y la deliberación, la esperanza y la caridad son las máscaras lingüísticas, al uso,  de una rabia inconmensurable) me topé con un libro que leí hace unos treinta años: Anatomía de la destructividad humana de Erich Fromm (Siglo XXI Editores, México:1975). Quería saber porqué hay tiempos como estos que sacan lo peor de todos nosotros, como me lo comentaba Lourdes Mata, compañera en estas preocupaciones.  El libro en cuestión era una referencia vaga en el almacén de mi memoria y lo hojee en busca de alguna apoyatura, para toparme con reflexiones sobre la destructividad y la agresión que rebasaban el ámbito estrecho de un artículo. Opto entonces por dejar que el texto hable por sí solo:

El hecho de que la agresión revolucionaria genuina, como toda agresión engendrada por el impulso de defender la vida, la libertad o la dignidad propias, es biológicamente racional y parte del funcionamiento humano normal no debe hacernos olvidar que la destrucción de la vida no deja de ser destrucción, aun cuando esté justificada biológicamente; el que uno la crea humanamente justificada o no depende de sus principios religiosos, morales o políticos. Pero cualesquiera que sean sus principios al respecto, lo que importa es comprender cómo la agresión puramente defensiva se mezcla fácilmente con la destructividad (no defensiva) y con el deseo sádico de invertir la situación mandando a los demás en lugar de ser mandado por ellos. Siempre que esto sucede, la agresión revolucionaria se corrompe y propende a renovar las condiciones que trataba de abolir.

Aparte de los factores ya examinados [la capacidad del hombre de imaginar hechos amenazadores en el futuro, la excitación de la agresión defensiva mediante el lavado de cerebro, la amenaza de la libertad] una de las causas más importantes de agresión defensiva es el narcisismo lastimado.

(…)

(E)l narcisismo … [puede describirse] como un estado de experiencia en que sólo la persona, su cuerpo, sus necesidades, sus sentimientos, sus pensamientos, su propiedad, todo cuanto y quienquiera le pertenezca son sentidos como plenamente reales, mientras que todas las cosas y personas que no forman parte de la persona o no son objeto de sus necesidades no son interesantes, no son plenamente reales, se perciben sólo por el reconocimiento intelectual, y afectivamente no tienen peso ni color. Una persona, en el grado en que es narcisista, tiene una doble norma de percepción. Sólo ella y lo que le pertenece tiene importancia y el resto del mundo está más o menos desprovisto de peso y color, y a causa de esta doble norma, la persona narcisista deja ver graves defectos de juicio y le falta capacidad para ser objetiva.

A menudo, la persona narcisista logra una sensación de seguridad en la convicción enteramente subjetiva de su perfección, su superioridad sobre los demás, sus extraordinarias cualidades, y no por su relación con los demás ni por sus trabajos o creaciones reales. Necesita aferrarse a su imagen narcisista de sí misma, ya que en ella se basan sus sentidos de valor y de identidad. Si este narcisismo se ve amenazado, la amenaza es contra una región de importancia vital. Cuando los demás lesionan ese narcisismo con el desdén, las críticas, la revelación de los errores cometidos de palabra, la victoria en el juego o de otros muchos modos, la persona narcisista suele reaccionar con ira o rabia intensas, sea que las manifieste o no, o tal vez ni siquiera se dé cuenta de ello. La intensidad de esta reacción agresiva puede verse con frecuencia en el hecho de que esa persona nunca perdonará a quien hirió su narcisismo y a menudo siente un deseo de venganza que sería menos intenso si hubieran sido su cuerpo o su propiedad los atacados.

Muchas personas no se dan cuenta de su narcisismo, y sólo de aquellas de sus manifestaciones que no lo revelan francamente. Así, por ejemplo, sentirán una excesiva admiración por sus padres o sus hijos y no tienen dificultad en manifestar esos sentimientos porque tal comportamiento suele juzgarse positivamente como piedad filial, afecto a los padres o fidelidad; pero si hubieran de expresar lo que sienten de su propia persona, como "yo soy la persona más maravillosa del mundo", "soy mejor que nadie" o cosas por el estilo, no sólo se sospecharía que son terriblemente vanos sino incluso tal vez que no están en su sano juicio. Por otra parte, si la persona ha logrado algo apreciado en el arte, la ciencia, el deporte, los negocios o la política, su actitud narcisista no sólo parece realista y razonable sino que continuamente la están alimentando los demás. En estos casos tal vez dé rienda suelta a su narcisismo por haber sido sancionado y confirmado socialmente. En la actual sociedad de occidente hay una interconexión pecular entre el narcisismo de la celebridad y las necesidades del público. Éste quiere estar en contacto con gente famosa porque la vida de la gente común y corriente es vacía y aburrida. Ls medios de comunicación masiva viven de vender fama, y así todo el mundo queda satisfecho: el ejecutante narcisista, el público y los mercaderes de fama.

Entre los líderes políticos es muy frecuente un alto grado de narcisismo, que puede considerarse una especie de deformación (o ventaja) profesional sobre todo en quienes deben su poder a la influencia que ejercen en el gran público. Si el dirigente está convencido de sus extraordinarias dotes y su misión, será más fácil convencer a grandes multitudes, atraídas por personas que parecen tan categóricamente seguras. Pero el dirigente narcisista no se sirve de su carisma narcisista como de un instrumento de éxito político; necesita el triunfo y los aplausos para su propio equilibrio mental. La idea de su grandeza e infalibilidad se basa esencialmente en su ampulosidad narcisista, no en sus verdaderos hechos en tanto que ser humano. Y no puede pasarse sin la hinchazón narcisista porque su núcleo humano —convicción, conciencia, amor y fe— no está muy desarrollado. Las personas extremadamente narcisistas casi se ven obligadas a hacerse famosas, porque de otro modo estarían deprimidas e insanas. Pero hace falta mucho talento —y oportunidades apropiadas— para influir en los demás a tal grado que su aplauso convalide esos sueños narcisistas. Aun cuando esas personas triunfen, se sienten impulsadas a buscar nuevos éxitos, porque para ellas el fracaso podría acarrear el desplome total. El éxito popular es efectivamente su autoterapia contra la depresión y la locura. Peleando por sus objetivos, pelean en realidad por su equilibrio mental.

Cuando, en el narcisismo colectivo, el objeto no es el individuo sino el grupo al que pertenece, el individuo puede comprenderlo perfectamente y manifestarlo sin restricciones. La afirmación de que "mi país" (mi nación, mi religión) es el más maravilloso, el más culto, el más poderoso, el más pacífico, etc. no parece nada extraña; por el contrario, da una nota de patriotismo, fe y lealtad. Parece también un juicio de valor realista y racional, pues lo comparten muchos miembros del mismo grupo. Este consenso logra transformar la fantasía en realidad, ya que para muchas personas, la realidad está constituida por el consenso general y no se basa en la razón ni en el examen crítico.

El narcisismo grupal tiene funciones importantes. En primer lugar, fomenta la solidaridad y cohesión del grupo y hace más fáciles las manipulaciones al apelar a los prejuicios narcisistas. En segundo lugar, es un elemento en extremo importante porque da satisfacción a los miembros del grupo, y en particular a quienes no tienen muchas razones de sentirse orgullosos ni valiosos. Aunque uno sea el último miembro de un grupo, el más lamentable, pobre y desdeñado, halla una compensación a su triste condición al poderse decir: "Soy parte del grupo más maravilloso del mundo. Yo, que en realidad sólo soy un gusano, me convierto en gigante al pertenecer al grupo." Por consiguiente, el grado de narcisismo grupal está en proporción de la falta de satisfacciones verdaderas en la vida. Las clases sociales que más gozan de la vida son menos fanáticas (el fanatismo es una cualidad característica del narcisismo de grupo) que otras, como la clase media, que padecen escaseces en todos los campos materiales y culturales y llevan una vida de hastío absoluto.

Al mismo tiempo, cuesta poco fomentar el narcisismo de grupo para el presupuesto social; en realidad puede decirse que prácticamente nada si se compara con lo que cuesta elevar el nivel de vida. La sociedad sólo tiene que pagar a los ideólogos que formulan las consignas engendradoras de narcisismo social; por cierto que muchos funcionarios sociales, como maestros de escuela, periodistas, ministros del culto y profesores, participan sin paga, por lo menos en dinero. Reciben su recompensa al sentirse orgullosos y satisfechos de servir una causa tan noble… ganando mayor prestigio y promoción.

Aquellos cuyo narcisismo está relacionado con su grupo y no consigo mismos en tanto que individuos son tan sensibles como el narcisista individual y reaccionan furiosamente a cualquier cosa que vulnere real o imaginariamente a su grupo. Si acaso, reaccionan con mayor intensidad, y ciertamente, de un modo más consciente. Un individuo, a menos de estar mentalmente muy enfermo, puede siquiera tener alguna duda acerca de su imagen narcisista personal. El miembro del grupo no tiene ninguna, ya que su narcisismo lo comparte la mayoría. En caso de conflicto entre grupos que atacan mutuamente sus narcisismos colectivos, la misma impugnación despierta intensa hostilidad en cada uno de ellos. La imagen narcisista del grupo propio se eleva a su punto más alto y la devaluación del grupo contrario baja hasta el fondo. El grupo propio se convierte en defensor de la dignidad humana, la decencia, la moralidad y el derecho. Al otro grupo se le atribuyen cualidades diabólicas; es traidor, despiadado, cruel y fundamentalmente inhumano. La violación de uno de los símbolos del narcisismo de grupo —como la bandera, o la persona del emperador, el presidente o un embajador— provoca una reacción de furia y agresión tan intensas que incluso la gente está dispuesta a seguir a sus dirigentes en una política guerrera.

El narcisismo colectivo es una de las fuentes más importantes de agresión humana y sin embargo, como todas las demás formas de agresión defensiva, es reacción a un ataque contra intereses vitales. Difiere de otras formas de agresión defensiva en que el narcisismo intenso en sí es un fenómeno semipatológico. Considerando las causas y la función de sangrientas y crueles matanzas en masa como las ocurridas entre hindúes y musulmanes en el momento de la partición de la India o recientemente entre los musulmanes bengalíes y sus gobernantes paquistaníes, vemos que el narcisismo colectivo desempeña ciertamente un papel considerable, cosa nada sorprendente si tomamos en cuenta que nos las habemos con las poblaciones virtualmente más pobres y miserables del mundo entero. (…)

pp. 207-210

De seguido, Eric Fromm se dedica a hacer un esbozo de lo que son sus consideraciones para la reducción de la agresión defensiva. Por lo demás, seguiré releyendo a Fromm, buscando entender la lógica de estos tiempos aciagos.

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