Sobre el caudillo populista (II)

September 19, 2007

Más sobre el caudillo populista del interesante libro de Luis Brito García:

"Como bien dice Liscano, Betancourt es el primero de los dirigentes urbanos en "apropiarse los signos de las jefaturas tradicionales del país". Lo hace, porque una suerte de cultura política parece haber llevado al venezolano a identifi­car históricamente al hombre de poder a través de una cons­telación precisa de señales. Esta apropiación coincide con frecuentes ataques verbales contra el caudillismo histórico, pero no le impide revestir, por así decirlo, las galas del di­funto.

Tal práctica es esencial en Venezuela porque la escasa coherencia de la ideología populista contribuye a que el én­fasis del debate político pase de lo ideológico a lo partidista, y de lo partidista a lo personal. La imagen visible del líder sobrepasa a los restantes componentes del discurso político: es una suerte de "meta-mensaje".

Como lo reconoce el accióndemocratista Enrique Teje­ra París: "hemos dado en copiar —y exagerar— un sistema de campañas en las que la ‘imagen’ que refleja (nótense las palabras) el candidato pasa a ser más importante, que sus cualidades intrínsecas (…) y consecuentemente, pasan tam­bién a un segundo plano los programas de gobierno que ofrece cada uno de los partidos".

Esta figura o "imagen" del dirigente habla más que al intelecto, a la emocionalidad. Como bien lo ha señalado Ernest Dichter:

"En la mayoría de las elecciones las emociones determinan los resultados más que las plataformas políticas. Se comprobó el ali­vio emocional de los encuestados en una situación en que podían reaccionar con alegría y felicidad ante la elección del candidato favorito"2 .

En tercer lugar, cabe destacar que, la mayoría de estos rasgos inherentes al caudillo no son lingüísticos. Refieren a "modos de ser" que se traducen en "prácticas". ¿Pueden ser considerados como "mensajes", y analizados como tales? Creemos que sí. El poder del caudillo se basa en su "presti­gio": en la opinión que el grupo social tiene sobre él. Tal opinión ha sido formada, como todo otro conocimiento, por la percepción de significantes que, interpretados de acuerdo a ciertos códigos, producen ciertos significados y se constituyen en signos.

Como bien lo señaló Barthes al referirse al mito, un mensaje puede estar constituido por la más amplia variedad de señales distintas de las verbales:

"Esta habla es un mensaje y por tanto, no necesariamente debe ser oral; puede estar formada de escrituras y representaciones: el discurso escrito, así como la fotografía, el cine, el reportaje, el deporte, los espectáculos, la publicidad, todo puede servir de so­porte para el habla mítica. El mito no puede definirse ni por su objeto ni por su materia, pues toda materia puede ser dotada ar­bitrariamente de significación: la flecha que se entrega para sig­nificar un desafío es también un habla"    .

El estudio del carisma caudillesco será, por tanto, el de las más variadas "materias dotadas arbitrariamente de signi­ficación". Una prenda de vestir, un plato típico, un amule­to, devienen signos. También lo son la preferencia por un entretenimiento, las costumbres, las prácticas. Cada uno de ellos es susceptible de una explicación verbal; pero casi nun­ca son sustituibles por ella. Producen, como decía Betan­court   "profundos  arraigos en la conciencia  popular"23.

Ello nos lleva al problema de sistematizar cuáles son ta­les signos, hasta ahora señalados por diversos autores de ma­nera episódica, fragmentaria y asistemática.

Para establecerlos, hemos creído útil recopilar y clasifi­car un conjunto de rasgos atribuidos en forma repetitiva a destacados conductores en nuestra historia. Parte de ellos eran ya referidos a los caciques indígenas y a los conquista­dores; se repiten en los caudillos de la Independencia, y son en cierta medida replicados por los dirigentes populistas.

Para sistematizarlos, hemos elegido un elenco de seis ‘caudillos’ tradicionales —Boves, Páez, Guzmán Blanco, Crespo, Cipriano Castro y Gómez— y de seis dirigentes con­temporáneos —Betancourt, Leoni, Caldera, Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campíns y Lusinchi. La elección ha sido guiada tanto por la celebridad de los dirigentes como por su efectiva detentación de un poder real. La misma no nos impedirá citar rasgos de otros políticos notables. No se nos escapa que  entre los dirigentes contemporáneos algunos, como Leoni y Lusinchi, han accedido a la presidencia den­tro de una cierta institucionalidad partidista que, más que a dotes visibles de caudillismo personal se asemeja a lo que Weber llamaría rutinización del carisma —esto es, el intento de transmitir institucionalmente los dones y cualidades del dirigente.

El estudio de tales atribuciones realizadas a los dirigen­tes por historiadores y periodistas —pero también por la tra­dición popular, la propia propaganda y a veces el rumor ver­bal— nos ha permitido aislar una veintena de rasgos "caudillistas". En su conjunto, corresponden a un sistema natural de legitimación del poder presente en una específica socie­dad agraria y semifeudal, sistema que ha sido conservado co­mo tradición por el aparato ideológico partidista. Ellos son:

a.- En primer lugar, los atinentes a la persona del caudi­llo, atributos inmanentes que testimonian su capacidad in­trínseca, propia e intransferible para el mando: personalis­mo, protección por las fuerzas invisibles, resistencia física, machismo y astucia.

b.- Esta capacidad personal para el mando se confirma mediante un específico cuadro de relaciones con los alle­gados, que demuestran, ante todo, la autoridad del caudillo en el marco inmediato que le rodea: origen modesto, patriarcalismo, particularismo, retiro e imposición del sucesor.

c- En tercer lugar, el caudillo ha de legitimar su manda­to probando, mediante rasgos visibles y externos, su afilia­ción a una específica y amplia comunidad cultural. Tales rasgos sirven de vehículo entre el poder personal y la comu­nidad sobre la cual se ejerce. Intentan, de forma bastante precaria, establecer la discutible identidad entre gobernante y gobernados, que autoriza a representarlos. Ellos son "las costumbres" del caudillo: las comidas criollas, el traje ruralizante, el amor por los animales, los entretenimientos po­pulares y el habla popular.

d.- La relación con los gobernados, en fin, se presenta dentro de los rasgos de: contacto con el pueblo, igualitaris­mo, entroncamiento simbólico con el Libertador, inserción en una causa, y dádiva. La afiliación cultural con la comunidad es aquí puesta en práctica en el plano político, pero siempre dentro de las determinantes personales relativas a la individualidad del caudillo.

La constancia histórica de estos rasgos tiene una alta significación. No implica, como ya hemos dicho, que sean una misma cosa los caudillos rurales y los populistas. Signi­fica que estos últimos han apropiado de manera consciente, y un tanto anacrónica y descontextualizada, los gestos, em­blemas y simbologías a través de los cuales sus antecesores concitaron la obediencia. Al repetirlos, estiman, por lo tan­to, que tales signos constituyen todavía una suerte de legiti­mación del poder compartida por gran parte de la clientela política."

Sobre el caudillo populista (I)

September 11, 2007

Con mucho interés releo el excelente libro de Luis Britto Garcia, La máscara del poder (Alfadil, Caracas, 1988). Me parece tan acertado en sus apreciaciones sobre la sociedad venezolana que me limito a transcribir algunas sus páginas:

"En una sociedad de orígenes rurales como la venezolana, el símbolo aglutinador de todo discurso sobre el poder es el del caudillo carismático. Max Weber define al carisma como "la cualidad, que pasa por extraordinaria (condicionada mágicamente en su origen, lo mismo si se trata de profetas que de hechiceros, árbitros, jefes de cacería o caudillos militares), de una personalidad, por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas —o por lo menos específicamente extracotidianas y no asequibles a cualquier otro—, o como enviado del dios, o como ejem­plar y, en consecuencia como jefe, caudillo, guía o líder". Ante todo, estamos conscientes de las dificultades del empleo de este concepto. Una tentación reduccionista po­dría llevar a decir que el carisma "no explica nada". Por el contrario, creemos que dicho término abre un campo de indagaciones para aquellos fenómenos de la política que no están directamente determinados por la institucionalidad abstracta, o por lo que el mismo Weber llamaba "legitima­ción jurídica". El concepto de carisma tendrá valor en la medida en que se deje de usarlo como mera palabra sin con­tenido, y se pase a referirlo a un conjunto de rasgos persona­les estrechamente vinculados con las circunstancias econó­micas, sociales, políticas y culturales de una sociedad espe­cífica. Pues el carisma no es inefable, ni abstracto, ni univer­sal, ni eterno, ni intangible. Corresponde a un conjunto de características que le permiten a una persona determinada una eficaz actuación política en una circunstancia dada. Las mismas podrían ser inútiles, y hasta contraproducentes, en lugar y época distintas. Ello nos conduce a formular la segunda advertencia so­bre el tema de los rasgos del caudillismo. No sostenemos, desde luego, que sea exactamente lo mismo un caudillo que un dirigente populista. El primero opera en un escenario rural, y centra su poder en un conjunto de relaciones persona­les directas. El segundo extiende su área de operación a las ciudades, y tiene como instrumento de poder un partido. El prestigio del primero se prueba preferentemente en las cam­pañas militares; y el del segundo en las electorales, lo cual no excluye su participación en aventuras armadas. El ‘caudillo’ tiene como sustento la economía local o regional; el populista sobrevive apropiándose de una u otra forma de la renta de un Estado centralizado. A pesar de estas innegables diferencias en cuanto al ámbito, modo de operación y financiamiento del poder, como veremos, el líder populista continúa sirviéndose de los rasgos visibles que constituyeron el prestigio o el "carisma" del caudillo rural. Pues está en la esencia del populismo la apropiación de rasgos tradicionales que refieren a una supuesta esencia "nacional-popular". Con respecto a la imagen del hombre de poder, lo "nacional-popular" y lo "tradicional" son los estereotipos externos del poder caudillesco. Notables his­toriadores señalan esta ominosa presencia del arcaico caris­ma en nuestra contemporaneidad política. Coincidimos, en este sentido con lo expresado por Ramón J. Velásquez:

"Pero yo pienso que hay una serie de características del gober­nante tradicional venezolano, llámese o no caudillo, que se han adentrado en la moderna democracia venezolana. De ello no tie­nen culpa los propios protagonistas, en razón de que la estructu­ra económica-social del país no ha sufrido un cambio revoluciona­rio. También de que la democracia en cada país es producto de una realidad social, de unos hechos históricos, de una manera de entender la política que sigue vigente en su raíz, cualquiera que sean las modas políticas e ideológicas o los cambios en procedi­mientos legales o administrativos" .

Y añade Velásquez, que el caudillo de turno "rudo en unos casos, benevolente en otros-, ampuloso, magnificente o arbitrario como Guzmán, despectivo de la ley y las institu­ciones como Crespo, duro como Monagas, contribuye a per­filar nuestro carácter". Parecida caracterización del caudillo efectúa Juan Liscano. Lo que de él atrae a las masas es "su astucia, su cara­dura, su ímpetu exterior, sus defectos, la imagen que pro­yecta y nunca lo que es dentro de sí". Las masas admiraron a Betancourt "su viveza para enredar y derrotar al adversa­rio, su demagogia tan particular"; admiran al jefe "macho, polígamo, atrevido, zamarro o impetuoso, poco apegado a principios, amigo de los suyos, capaz de repartir entre sus oficiales", por lo que "se vuelve al caudillo, al personalismo, al efectismo"".

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