Sobre el caudillo populista (I)
Con mucho interés releo el excelente libro de Luis Britto Garcia, La máscara del poder (Alfadil, Caracas, 1988). Me parece tan acertado en sus apreciaciones sobre la sociedad venezolana que me limito a transcribir algunas sus páginas:
"En una sociedad de orígenes rurales como la venezolana, el símbolo aglutinador de todo discurso sobre el poder es el del caudillo carismático. Max Weber define al carisma como "la cualidad, que pasa por extraordinaria (condicionada mágicamente en su origen, lo mismo si se trata de profetas que de hechiceros, árbitros, jefes de cacería o caudillos militares), de una personalidad, por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas —o por lo menos específicamente extracotidianas y no asequibles a cualquier otro—, o como enviado del dios, o como ejemplar y, en consecuencia como jefe, caudillo, guía o líder". Ante todo, estamos conscientes de las dificultades del empleo de este concepto. Una tentación reduccionista podría llevar a decir que el carisma "no explica nada". Por el contrario, creemos que dicho término abre un campo de indagaciones para aquellos fenómenos de la política que no están directamente determinados por la institucionalidad abstracta, o por lo que el mismo Weber llamaba "legitimación jurídica". El concepto de carisma tendrá valor en la medida en que se deje de usarlo como mera palabra sin contenido, y se pase a referirlo a un conjunto de rasgos personales estrechamente vinculados con las circunstancias económicas, sociales, políticas y culturales de una sociedad específica. Pues el carisma no es inefable, ni abstracto, ni universal, ni eterno, ni intangible. Corresponde a un conjunto de características que le permiten a una persona determinada una eficaz actuación política en una circunstancia dada. Las mismas podrían ser inútiles, y hasta contraproducentes, en lugar y época distintas. Ello nos conduce a formular la segunda advertencia sobre el tema de los rasgos del caudillismo. No sostenemos, desde luego, que sea exactamente lo mismo un caudillo que un dirigente populista. El primero opera en un escenario rural, y centra su poder en un conjunto de relaciones personales directas. El segundo extiende su área de operación a las ciudades, y tiene como instrumento de poder un partido. El prestigio del primero se prueba preferentemente en las campañas militares; y el del segundo en las electorales, lo cual no excluye su participación en aventuras armadas. El ‘caudillo’ tiene como sustento la economía local o regional; el populista sobrevive apropiándose de una u otra forma de la renta de un Estado centralizado. A pesar de estas innegables diferencias en cuanto al ámbito, modo de operación y financiamiento del poder, como veremos, el líder populista continúa sirviéndose de los rasgos visibles que constituyeron el prestigio o el "carisma" del caudillo rural. Pues está en la esencia del populismo la apropiación de rasgos tradicionales que refieren a una supuesta esencia "nacional-popular". Con respecto a la imagen del hombre de poder, lo "nacional-popular" y lo "tradicional" son los estereotipos externos del poder caudillesco. Notables historiadores señalan esta ominosa presencia del arcaico carisma en nuestra contemporaneidad política. Coincidimos, en este sentido con lo expresado por Ramón J. Velásquez:
"Pero yo pienso que hay una serie de características del gobernante tradicional venezolano, llámese o no caudillo, que se han adentrado en la moderna democracia venezolana. De ello no tienen culpa los propios protagonistas, en razón de que la estructura económica-social del país no ha sufrido un cambio revolucionario. También de que la democracia en cada país es producto de una realidad social, de unos hechos históricos, de una manera de entender la política que sigue vigente en su raíz, cualquiera que sean las modas políticas e ideológicas o los cambios en procedimientos legales o administrativos" .
Y añade Velásquez, que el caudillo de turno "rudo en unos casos, benevolente en otros-, ampuloso, magnificente o arbitrario como Guzmán, despectivo de la ley y las instituciones como Crespo, duro como Monagas, contribuye a perfilar nuestro carácter". Parecida caracterización del caudillo efectúa Juan Liscano. Lo que de él atrae a las masas es "su astucia, su caradura, su ímpetu exterior, sus defectos, la imagen que proyecta y nunca lo que es dentro de sí". Las masas admiraron a Betancourt "su viveza para enredar y derrotar al adversario, su demagogia tan particular"; admiran al jefe "macho, polígamo, atrevido, zamarro o impetuoso, poco apegado a principios, amigo de los suyos, capaz de repartir entre sus oficiales", por lo que "se vuelve al caudillo, al personalismo, al efectismo"".

