Sobre el caudillo populista (I)

September 11, 2007

Con mucho interés releo el excelente libro de Luis Britto Garcia, La máscara del poder (Alfadil, Caracas, 1988). Me parece tan acertado en sus apreciaciones sobre la sociedad venezolana que me limito a transcribir algunas sus páginas:

"En una sociedad de orígenes rurales como la venezolana, el símbolo aglutinador de todo discurso sobre el poder es el del caudillo carismático. Max Weber define al carisma como "la cualidad, que pasa por extraordinaria (condicionada mágicamente en su origen, lo mismo si se trata de profetas que de hechiceros, árbitros, jefes de cacería o caudillos militares), de una personalidad, por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas —o por lo menos específicamente extracotidianas y no asequibles a cualquier otro—, o como enviado del dios, o como ejem­plar y, en consecuencia como jefe, caudillo, guía o líder". Ante todo, estamos conscientes de las dificultades del empleo de este concepto. Una tentación reduccionista po­dría llevar a decir que el carisma "no explica nada". Por el contrario, creemos que dicho término abre un campo de indagaciones para aquellos fenómenos de la política que no están directamente determinados por la institucionalidad abstracta, o por lo que el mismo Weber llamaba "legitima­ción jurídica". El concepto de carisma tendrá valor en la medida en que se deje de usarlo como mera palabra sin con­tenido, y se pase a referirlo a un conjunto de rasgos persona­les estrechamente vinculados con las circunstancias econó­micas, sociales, políticas y culturales de una sociedad espe­cífica. Pues el carisma no es inefable, ni abstracto, ni univer­sal, ni eterno, ni intangible. Corresponde a un conjunto de características que le permiten a una persona determinada una eficaz actuación política en una circunstancia dada. Las mismas podrían ser inútiles, y hasta contraproducentes, en lugar y época distintas. Ello nos conduce a formular la segunda advertencia so­bre el tema de los rasgos del caudillismo. No sostenemos, desde luego, que sea exactamente lo mismo un caudillo que un dirigente populista. El primero opera en un escenario rural, y centra su poder en un conjunto de relaciones persona­les directas. El segundo extiende su área de operación a las ciudades, y tiene como instrumento de poder un partido. El prestigio del primero se prueba preferentemente en las cam­pañas militares; y el del segundo en las electorales, lo cual no excluye su participación en aventuras armadas. El ‘caudillo’ tiene como sustento la economía local o regional; el populista sobrevive apropiándose de una u otra forma de la renta de un Estado centralizado. A pesar de estas innegables diferencias en cuanto al ámbito, modo de operación y financiamiento del poder, como veremos, el líder populista continúa sirviéndose de los rasgos visibles que constituyeron el prestigio o el "carisma" del caudillo rural. Pues está en la esencia del populismo la apropiación de rasgos tradicionales que refieren a una supuesta esencia "nacional-popular". Con respecto a la imagen del hombre de poder, lo "nacional-popular" y lo "tradicional" son los estereotipos externos del poder caudillesco. Notables his­toriadores señalan esta ominosa presencia del arcaico caris­ma en nuestra contemporaneidad política. Coincidimos, en este sentido con lo expresado por Ramón J. Velásquez:

"Pero yo pienso que hay una serie de características del gober­nante tradicional venezolano, llámese o no caudillo, que se han adentrado en la moderna democracia venezolana. De ello no tie­nen culpa los propios protagonistas, en razón de que la estructu­ra económica-social del país no ha sufrido un cambio revoluciona­rio. También de que la democracia en cada país es producto de una realidad social, de unos hechos históricos, de una manera de entender la política que sigue vigente en su raíz, cualquiera que sean las modas políticas e ideológicas o los cambios en procedi­mientos legales o administrativos" .

Y añade Velásquez, que el caudillo de turno "rudo en unos casos, benevolente en otros-, ampuloso, magnificente o arbitrario como Guzmán, despectivo de la ley y las institu­ciones como Crespo, duro como Monagas, contribuye a per­filar nuestro carácter". Parecida caracterización del caudillo efectúa Juan Liscano. Lo que de él atrae a las masas es "su astucia, su cara­dura, su ímpetu exterior, sus defectos, la imagen que pro­yecta y nunca lo que es dentro de sí". Las masas admiraron a Betancourt "su viveza para enredar y derrotar al adversa­rio, su demagogia tan particular"; admiran al jefe "macho, polígamo, atrevido, zamarro o impetuoso, poco apegado a principios, amigo de los suyos, capaz de repartir entre sus oficiales", por lo que "se vuelve al caudillo, al personalismo, al efectismo"".

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