Carta para ustedes

February 9, 2009

Mientras los Ministros del Poder Popular  hablan del bien social y de la responsabilidad de los pueblos, yo veo como los vendedores de pájaros silvestres de la autopista que conecta Morón con San Felipe acaban con la fauna. Lo hacen desde hace varios años, he visto aferrarse a sus dedos jóvenes o encallecidos, loros, turpiales, tucanes y hasta guacamayas. Más allá o más acá, si acaso, un guardia nacional (ahora bolivariano) esconde su indiferencia bajo un toldo, guarecido del sol, mirando su celular, bostezando, o mirando nada. Y eso, casi nunca, porque muy frecuentemente  la autopista que conecta Morón con San Felipe (creo que todavía se llama Autopista Rafael Caldera, no lo sé),   es ahora la libertad y la ausencia, ya no existen patrullas de carretera, ni límites de velocidad, ni cauchos lisos, ni automóviles desvencijados fuera de circulación: todo es una absoluta igualdad democrática. Sin leyes.

Atravieso a menudo esta autopista y la Regional del Centro, veces sólo, a veces con mi familia, siempre acosado por los enormes camiones que rebasan mi pequeño automóvil,  y los maldigo cada vez que hacen estremecer mi auto en sus cabriolas cargadas de toneladas homicidas entre el hombrillo y la vía rápida: camiones públicos o privados, que exhiben desvergonzados la misma idéntica impunidad.  

Hoy el horror tan temido me llega muy cerca: un familiar de un ser muy querido perece bajo el impacto de un autobús, conducido por un conductor asesino más, uno sólo entre esos cientos de conductores que yo veo atravesar semana a semana la Autopista del Centro, impunes y ebrios de libertinaje, asesinos sin saberlo de sí mismos y de la vida que está siempre más acá de las palabras.

Yo no hago qué hacer con un dolor que me llega tan cerca, no hago qué hacer con mi impotencia. Sólo escribir este post. Y preguntarles a ustedes qué puede ser de un país en el que la vida que merecemos, ha sido sustituida por las palabras que aluden a ella.

Más real que lo real

February 2, 2009

La virtualidad posible

En un sentido amplio, la realidad virtual, esa certidumbre cuya insuficiencia sólo es garantizada por su inmaterialidad presunta, habita en todos los recodos de la experiencia cotidiana. Está en los juegos del niño para quien el mundo está conformado por una materia libremente dúctil, dócilmente transmutable y por eso hay felizmente leones en las piedras y pájaros en las nubes y dinosaurios en los autobuses. Está en nuestra duermevela, que nos recuesta en un filo de este mundo donde la realidad objetual se interpenetra y se confunde. Reside, por su puesto,  en el sueño, realidad virtual por excelencia, y en el soñar despierto que ocupa buena parte de nuestros días. Y por último, habita  en la página escrita y en el espejo y en la pantalla y en la palabra misma, es decir, en el lenguaje. La virtualidad es, en principio,  nuestra manera humana, de lidiar con lo actualizado. Y por eso hemos ido construyendo, desde todos los tiempos, mapas y mundos virtuales que habitar: ayer la palabra y el bisonte sobre la caverna y la tela que refleja el fantasma indiscreto del pintor; después la mentira de la fotografía o la deliciosa mixtificación del cine o la presencia engañosa del acompañante entrometido en la pantalla del televisor. Cada época ha tenido su virtualidad posible y en cada una de ellas nos hemos sumergido placenteramente: vicarios habitantes de la virtualidad del teatro, de la mansión abigarrada y deliciosamente absurda de la ópera, de la bidimensionalidad omitida en el cosmos de la pantalla grande, de la lejanía y la simbolización propias de la actual telepresencia. Virtual es nuestro pensamiento y nuestra memoria y nada virtual nos resulta extraño.

Nuestra realidad virtual

Técnicamente lo que se llama realidad virtual, como lo asevera Gonzalo Vélez Jahn es simulación  por  computadora, dinámica  y tridimensional,  con alto contenido gráfico, acústico y táctil, orientada a la  visualización de situaciones y variables complejas, durante la cual el  usuario ingresa, a través del uso de sofisticados dispositivos de entrada, a "mundos" que aparentan ser reales, resultando  inmerso  en ambientes altamente participativos, de origen  artificial[1]. La realidad virtual permite la navegación en el espacio por ella construido (la capacidad de desplazarse y recorrer ese mundo), la posibilidad de manipulación de los objetos que habitan en esa segunda realidad y supone la total inmersión del usuario en su existencia artificialmente construida. La realidad virtual de nuestros días es pues, un nuevo tranco en esta vieja manía humana de construirse espacios alternos en dónde habitar.

El mundo y los niños

Luis Alejandro tiene tres años y para él, el mundo está cubierto de un fino tejido de hilos impalpables que gobierna los objetos a distancia.  Luis Alejandro enciende el radio y el receptor de televisión desde el control remoto y sabe que su música favorita reside de alguna manera dentro de una caja negra cuyo contenido hay que rebobinar en otra cajeta chillona. Sabe también  que su música favorita mora de alguna forma en un disco plateado que a veces logra robar a su papá, que hay una caja blanca e inteligente en la cocina la cual, en pocos segundos, concede la temperatura ideal a su chocolate y que en la bocina de un pequeño artilugio de teclas iluminadas, de algún modo, siempre aparece la voz de la abuela. Esa es la realidad real de Luis Alejandro y cuando se sienta en la computadora, pide su CD-ROM favorito e interactúa con los cyberbugs de su favorito Gus goes to Cybertown, no hay nada que le sorprenda. Tanto el mouse del ordenador, como el control remoto, como el teléfono celular son sofisticados dispositivos de  entrada, a "mundos" que aparentan ser reales.  El mundo de Luis Alejandro es un mundo donde lo virtual (virtual para nosotros, quizás ya de otra época) se ha hecho incontestablemente real. Luis Alejandro disfruta y vive, simplemente, de su virtualidad posible.

La virtualidad del juego

El mundo de los niños, como decíamos, es un mundo maleable y heteromorfo. El niño, si se quiere, navega, inmerso en un cosmos sujeto a la manipulación. Vale decir, el mundo de esta realidad virtual tecnológica, de cascos visores, holodecks y manipuladores mecánicos, es el mundo tal como lo quieren y lo viven los niños. Sólo que el de los niños es un mundo virtual mucho más extenso que el de los adultos, que no finaliza con la desconexión de un modem, ni se deshace con la rotura del reproductor de discos compactos, sino que se prolonga en todos los recovecos y anima todo lo inanimado. A un niño no le sorprende la realidad virtual tecnológica, porque sus objetos no son más que otros objetos de un mundo que todo es virtual.

La doble tensión de lo tecnológico

La misma tecnología que han hecho posibles los ambientes virtuales, los juegos interactivos, los parque temáticos y las caminatas arquitectónicas -realidades que entre otras muchas ya se perfilan  en el horizonte mediato de los futuros viajeros del ciberespacio (o Cyberspace término, por cierto, introducido por un novelista: William Gibson, a través de su novela Neuromancer, donde los protagonistas viven en mundos generados por computadoras)- lleva en su seno dos términos contradictorios: la virtualidad supone, por una parte, la libertad creativa que confiere el poder diseñar cualquier mundo posible.  Por otra parte, tal este diseño es esclavo de la serialización. Los mundos virtuales son mundos imaginarios construidos con total libertad (y en este sentido, constituyen una prolongación creadora del mundo actualizado y definitivo en el que vivimos), y, a la vez,  son mundos constreñidos a todas las restricciones a las que están sometidos todos los objetos (virtuales o no) de nuestra civilización.

Esta contradicción, que no es única de los mundos fundados por la tecnología de punta, abarca, como se sabe, todos los productos masivos:  los alimentos, las diversiones, el cine, la televisión y, en particular, ese gran bocado para los negocios que constituyen los juegos para niños. En este mundo en el que uno de los objetos mas valorados es la representación de la violencia, no es de extrañar que sea la violencia la que innerve las diversiones más atractivas de la realidad virtual:  el Dactyl Nightmare, por ejemplo, típico entretenimiento del ciberespacio, sumerge a los cibernautas en un complicado mundo proyectado en un casco esteroscópico en el cual el usuario evoluciona sobre una suerte de tablero móvil de ajedrez (El objetivo, por supuesto, es eliminar a como dé lugar al enemigo transfigurado en guerrero y conformado por otro cibernauta). Este mismo espíritu, destructivo es característico de juegos como BattleTech,    Zone  Hunter, o FighterTown. Y también de cientos de juegos tecnológicamente más sencillos que inundan el mercado del software para las computadoras personales o  pululan en Internet. El mundo virtual, sin duda, es replica del mundo en que vivimos, asiste a sus miserias,  a sus fortunas e, invariablemente, hereda todas sus desgracias.

Volver al futuro

No obstante, la realidad virtual vino para quedarse.  La realidad de todos los días, para quienes puedan disfrutar de la tecnología,  se verá inundada de esos objetos inexistentes, mas verosímiles y manipulables que los objetos de la realidad real: un niño podrá ingresar virtualmente a una réplica del torrente sanguíneo y estudiar fantasmáticamente el palpitar de los vísceras o quizás podrá girar a voluntad, para estudiarla con detenimiento, la réplica enorme e ingrávida de un portaaviones. Los parques temáticos, con ambientes en tres dimensiones lo arrojarán directamente al interior de mundos como los prefigurados por  George Cruikshank o Fritz Kredel,  o interactuar con los animales del Zoológico de Anthony Browne.  Ya las historias no serán el reino para la aventura de un tercero, sino que irán naciendo de los atrevimientos y las decisiones del usuario convertido en héroe.  Un nuevo patio de juego se perfila en el horizonte cercano de los futuros infantes, como nacido de la más febril fantasía de Walt Disney.

Este nuevo territorio, sin embargo, no conlleva intrínsecamente ni la libertad absoluta ni la alienación castradora: es un momento de verdad y revelación, como lo ha dicho Marshall McLuhan cuya proyección al futuro es función de variables sociales que la rebasan. La realidad virtual no ofrecerá a los niños, en términos de contenido,  nada peor y muy poco mejor de lo que ya le ofrece la televisión o el cine. Si en cada segmento de la programación televisiva, en cada juguete publicitado  universalmente y en cada moda inducida por el consumo, priva la violencia y la agresividad gratuita, es de suponer que las mismas inquietudes y los mismos valores migren hacia la realidad virtual: esa es y será suerte de todos los medios. La realidad virtual nunca podrá ser mejor que la realidad en que vivimos. El hombre tiene la capacidad de construir sus réplicas y de diseminar sus fantasmas. Lo que hasta ahora no ha podido evitar es que, en el mismo acto, como sucediera con el engendro del Dr. Frankenstein, junto con lo mejor de sus sentimientos y de su creatividad, brote lo más aborrecible de su pequeñez  interior.


[1] Estas y otras referencias presentes en este artículo están extraídas del prolijo curso sobre realidad virtual dictado por el experto venezolano en la materia Gonzalo Vélez Jahn,  distribuido interactivamente desde Venezuela al mundo entero a través de Internet. Como se ve, la realidad virtual es sede de las realidades más concretas.

Publicado originalmente en Imagen 100-1149. Septiembre 1996.

El alma y el software


 

Desaparecida la cárcel de la carne, vencido el inestable soporte que almacena nuestro espíritu,  nuestra alma vagará  por los siglos de los siglos en la infinita red de capilares ópticos que se tiende más allá de la precariedad de este mundo. Y ya no habrá dolores ni angustias ni requerimientos, ni trámite perecedero con lo tangible de las cosas, porque todo será feliz e inacabable, limpio e idéntico a sí mismo: desnudos y definitivos, reducidos a nuestra   algorítmica esencia, ingresaremos en la realidad virtual. Y en la virtualidad, nuestra alma -nuestro software- transmigrará de hardware en hardware sin fenecer nunca, ora transfigurada en burda copia de un vetusto diskette de tres pulgadas y media, ora agazapada en la recién estrenada refulgencia de un compact CD-ROM, o duplicada y reduplicada en cientos de discos duros repartidos a lo ancho del mundo a través del World Wide Web. Así, abandonaremos satisfechos nuestra pesada carcaza mortal a sabiendas de que el verdadero paraíso coexiste con nuestra secular existencia y mientras  mi cuerpo -vivo o muerto- agota su ciclo previsible, la liviandad de mi alma digitalizada permanecerá por los siglos  de los siglos en el reino de las formas puras, descargada  de los avatares a los que la somete la terrena existencia de cualquier hard copy.
 
¿Dónde ha quedado el alma si no, en esa superficie intangible y cotidiana que ha abastecido la avanzada tecnológica? ¿En que lugar se ha guarecido la sustancia incorpórea que en el transcurso de los siglos se ha empeñado  en igualarse con el cuerpo, que ha saltado del sentimiento a la razón, del sujeto al mundo, negándose en definitiva a corromperse con la carne? El alma, cualquiera que cosa que ella sea: espíritu insuflado por un gran espíritu, conciencia autónoma, sutil realización de la materia, cualidad diferencial del homo sapiens, está allí, en esta nueva alma del mundo, la infinita red que reparte lo único que para sí mismo el hombre tiene: su significación. Enmarañada materialidad que oculta los recovecos que en su alma moran: el alma es el software, el  software es el alma. 

Desaparecido el hombre, el alma vagará inefable, repitiéndose a sí misma lo único que es y que la ata irreversiblemente al   hombre de  carne y hueso con quien compartió parte de su existencia: ese caprichoso juego de resonancias huecas, ese ordenamiento para nadie que es el del sentido. El sentido del  hombre solo con su alma sola.

El alma del hombre es el software, siempre lo fue, aun cuando ese software era forma pura para gobernar el estuco y para moldear las piedras: para ordenar la luz sobre la inanidad de una tela. Y ahora, liberada del espacio (el software, cuando es software, no tiene extensión, sino cuando es software en potencia) y almacenada en la intemporalidad, el alma se manifestará como lo que siempre fue: actualidad  virtualizada, virtualidad actualizada, efímera posibilidad de ser y de no ser al mismo tiempo.

No es causal que vivamos con tanto goce esta nueva espiritualidad materializada en apariencia: con la realidad virtual, hemos decidido a cohabitar con nuestros fantasmas, a dialogar con su realidad de murmullos y de sombras, a contentarnos con su  existencia simultáneamente eterna y transitoria.  El fonógrafo y el cine fueron  los primeros pasos (y antes la escritura): espejos de ese otro mundo de lo desaparecido, de lo puramente simbólico que seguía existiendo más allá y pre-existiendo más acá de la muerte.  El advenimiento de esta otra instancia, sin embargo,  que con su estatuto constitucionalmente paradójico -es realidad, porque es lo que se vive; es virtualidad, porque se supone que, lo que se vive, es aquello que no es- constituye un salto inopinado, un empellón. Y también un reconocimiento, una certificación, la entrada en otro régimen: el de lo imaginario admitido como variante de la realidad compartida. Ya no más es el alma retratada y muerta de lo que conocimos, ya no es el pasado presentificado que decía Barthes. Es el alma vagarosa y anónima: nunca sabremos si esa voz que traemos desde Internet al encender la pantalla de nuestra computadora, pertenece a alguien ya muerto o vivo o en diferido: es una voz que se ha puesto a vagar ahí, por el reino inaprensible de un enunciado que es cada vez más del tamaño del mundo, es el alma viva. Es el fantasma que nos coexiste,  que nos integra, que vive entre nosotros, que forma parte de esta realidad que se hace virtual, sin que sepamos dónde y hasta dónde. Y también, en el momento que vivimos, es el anticipo de una dislocación sin precedentes. Con la institución de la virtualidad, efectivamente, se desplazan los límites entre cuerpo y alma, entre hardware y software, (es decir, entre ser y lenguaje, o mejor dicho, en el lenguaje mismo). Hay una des-cosificación de las cosas o quizás una nueva cosificación, ingresamos definitivamente en un mundo de objetos impalpables y sin embargo fiduciados: sonidos, luminiscencias, espacios incorpóreos, voces e inclusive -ya se perfila- esencias olorosas digitalizadas. La relación intersubjetiva omite la materialidad, la desecha como un pesado bagaje y hasta el erotismo ha devenido en operación interior, exteriorizada en la virtualidad (cf. la desbordada ocupación perversa-polimorfa que ocupa buena parte de Internet, consagrada al intercambio de fantasmas, más bien  en el sentido lacaniano). Cada vez más, estamos más acompañados en el universo de la hiper-comunicación informática y cada vez estamos más solos. Solos con nuestro espíritu. Y es que  en la nueva espiritualidad,  como siempre, los extremos se tocan: Dios es el mundo y nosotros mismos, el alma hay que buscarla en el más allá del más allá, y en los más profundo de nuestro ser interior, el software está allí, inalcanzable y evanescente y el software somos nosotros. El alma, en el universo de la virtualidad, se desplaza entre lo virtual (lo imaginario) del mundo y lo imaginario (lo virtual)  de nosotros. Por fin ejecutamos en profundidad lo que se decía (otra vez Lacan), que somos seres de puro lenguaje, que el alma es código (No que el código es  alma -esa es otra pretensión de nuestra alma codificadora- sino que somos alma a través de que somos código).

No es casual tampoco que en lo virtual se realicen, imaginaria y simbólicamente, nuestras proyecciones, que la realidad virtual sea por excelencia el reino de lo proyectado, en su triple sentido de proyecto, de expulsión y de re-posicionamiento psicológico. En lo virtual confluyen lo apetitivo práctico y la abstracción intelectiva: concepto y sentimiento simbolizado se hacen uno. Lo virtual es la próxima cárcel de lenguaje, cotidiana y difícil, hegemónica y totalizadora. Por eso habrá que ponerse a reflexionar en esta nueva encarnación del alma que nos habita desde la realidad virtual. No porque sea menos real o más real que la realidad misma, porque toda realidad es una virtualidad construida. Sino porque nos modifica desde dentro, desde el sueño, desde el alma que somos. Sueños de un software soñado  por la efímera fragilidad del hardware.

 
 
Publicado en la revista Imagen 110-115. Caracas, Venezuela. 1996.

Política y melodrama

May 18, 2007

Hay pueblos, como el mío, que viven el melodrama y no sólo lo viven, lo actúan. Y no únicamente por su confesada afición por el  “gesto” romántico (en todos los ámbitos, desde el patriótico hasta el amatorio), o en virtud  del “sentimentalismo” que adjudica Monsivaís a los latinoamericanos, sino –lo que es peor- por la estructura profunda de un texto social que nos atraviesa a todos y que instala su (nefasta) verosimilitud en todas las instancias de nuestro quehacer social y político. Vamos a explicarnos:
 
Lo estructural del melodrama no es que se asuma como discurso del sentimiento sino, más bien, su presuposición de la inmanencia, el hecho de constituirse en un tipo de discurso que exhibe y pone en escena el mundo tal como debe ser (lo que equivale a decir que no puede ser de otro modo). Tal y como sucede también en nuestros discursos políticos: hay lo que es y lo que debe ser y el papel de la Historia es restituir a un orden (siempre retrógrado) lo que la incertidumbre ha desorganizado. Como en la caverna de Platón, en el melodrama (y en nuestro discurso político) todo está predeterminado.

Este universo de lo inmutable propio del melodrama está gobernado, como se sabe, por una suerte de justicia divina que se reparte en dos polos: el amor o la maldad, la traición o la Historia (“Dios” y “Las Tinieblas” – los dos polos de la religión de Manes- se redibujan de mil formas en el melodrama). El drama realista, quizás más caro a otras culturas,  consiente en el fondo la inestabilidad: suele ser un tour de force contra el mundo, que admite la existencia de fallas (el universo puede transformarse). El melodrama, por el contrario, se recorta sobre un mundo ya hecho, y de allí, naturalmente, que esté habitado por arquetipos. Entrar en el mundo del melodrama, tanto en los melodramas filmados, como en los melodramas de la política, es entrar en el mundo de la fatalidad tanto estructural (nos ocurre siempre lo mismo), como constitutiva (somos “actores” sociales o “actores” políticos de ese mundo predeterminado). Dicho en el lenguaje de los teóricos: cuando vivimos en el melodrama somos personajes que nos movemos en la cárcel que nos impone una fábula. Esta fabula (que ya ha sido una y mil veces contada) nos sobredetermina y nosotros, personajes planos, nos limitamos a ilustrarla. Tal como sucede en las radionovelas y los boleros, sucede en la política: nos dan el libreto y nosotros lo representamos.

Hay una segunda instancia de lo melodramático en la que participamos  y es que el melodrama es el discurso de la adjetivación y no un discurso dramático propiamente dicho (lo dramático es lo que transforma y pone en riesgo; el melodrama clasifica y a menudo complace). En el melodrama (y en nuestro pensamiento político) las cosas son por lo que se les etiqueta, nunca por cómo funcionan. En otras palabras, el melodrama es el discurso de la comodidad nominativa (el escritor melodramático, de telenovelas o de discursos políticos, suele contentarse con repartir calificativos: “amor puro”, “amor grandioso”, “amor patrio”). Si en el drama el triunfo del héroe se debe al sudor y las lágrimas, en el melodrama, político o del otro, basta con el llanto (ayudado  a veces por el Kino, pero no nos adelantemos). Corolario: el melodrama es el discurso de lo pasivo, el discurso de los que se creen  víctimas  o ungidos y que esperan (sentados) a que el destino  (o el líder político) les cambie su historia, siempre predeterminada. (A)mor, desgracia causada por el traidor, triunfo de la virtud, castigo y recompensa es la estructura narrativa inmutable del melodrama, de acuerdo con Pavis en su Diccionario del Teatro y nosotros, en tanto personajes melodramáticos, siempre estamos a la espera del príncipe idealizado que castigue al villano y nos dé lo que merecemos.

Llegamos así al último punto y al más importante: el melodrama se rige por la responsabilidad del otro, por el deus ex machina que lo resuelve todo, así en la tierra como en el cielo. El melodrama es el discurso del padre idealizado que al final de la de la jornada política, de la telenovela o del micro propagandístico nos devuelve al paraíso, amoroso o petrolero, sin más esfuerzo que el de participar en la Historia (con y sin mayúsculas): a lo mejor somos melodramáticos porque carecemos de la atención paterna  y lloramos y sufrimos en una eterna telenovela (no la de la televisión, la cotidiana) hasta que el padre omnipotente se presenta, en cualquiera de sus formas,  y nos resuelve los rollos.

En fin, nosotros los latinoamericanos (¿o debería decir los venezolanos?), nos solemos sentir cómodos en el melodrama: es una casa conocida con muchos espejos en los que podemos reflejar nuestras cuitas (y una sola ventana por donde se asoma el villano), tiene la ventaja de lo previsible y nos confiere la seguridad narcisista de qué, como en las comiquitas, sabemos siempre dónde nos queda la puerta de salida. La vida, con sus accidentes y sus claroscuros,  que nos pone a  nosotros mismos a edificar nuestra historia (con y sin mayúsculas) no parece ser para nosotros. Por eso nos instalamos a vivirla melodramáticamente, por eso la política que vivimos es otra versión de la telenovela.

Dos tipos de mente

August 14, 2006

Siempre he creído que hay dos variedades de pensamiento, dos maneras de encarar la vida, sobre todo, de razonarla: lo que para algunos es brutalidad o inteligencia, deficiencia o sagacidad, a mí se me ocurre pensarlo como el producto de una dicotomía entre dos tipos de organización mental que, caprichosamente, me ha dado por llamar la mente contenidista y la mente estructural, por no llamarlas semántica y pragmática, o simplemente avant la lettre y maliciosa. La mente contenidista piensa el mundo como un agregado de cosas, como el producto de una acumulación de atributos inconexos: procede según la supuesta obviedad de las palabras (que nunca son obvias) y cree que las cosas tienen significado en sí mismas (más aún, busca siempre el significado y no el sentido). Donde la mente estructural —que por sobre las cosas mira las relaciones y en ese tránsito construye el sentido— el contenidista busca el significado como algo preestablecido que cree poder descubrir en un acto mágico. Para el contenidista los objetos del mundo han sido etiquetados con adjetivos, son buenos o malos, aburridos o graciosos (por eso el contenidista no llega hasta el humor, su humorada se contenta en la burla) y cuando aplica su lógica sobre los objetos del mundo, rara vez el todo le resulta mayor que la suma de las partes. La mente estructural, por su lado, es una mente dinámica que construye constantemente el sentido desde su propia inquietud: rara vez procede literalmente, porque cree que detrás del significado “literal” de las palabras se oculta siempre otro significado y detrás de ese significado otro, y así hasta el infinito (digamos que, en su proceder, es una mente poética por excelencia, si por poético se entiende aquello que engloba lo infinitamente generativo). Es la mente que mira de soslayo, que interroga el contexto y, que entiende al todo como estructura y al contenido como uno de sus efectos. La mente contenidista es a la mente estructural, en suma, como el carácter estático de la explicación es a la mostración dinámica, como el inventario al análisis, como lo obvio a lo obtuso. Todo esto me viene porque no encuentro otra manera de explicarme la distancia que hay entre los razonamientos, las interpretaciones, la percepción misma de personas que, requeridas por el mismo ejercicio intelectual (como creadores, como analistas o como simples seres humanos urgidos por la necesidad de entender), miran al mundo desde extremos tan disímiles (el mejor Woody Allen era experto en exponer el contraste —a veces patético hasta lo risible— entre el pensamiento contenidista y el pensamiento estructural). Lo que digo, además, poco tiene que ver con la cultura o con el nivel de inteligencia: hay contenidistas inteligentísimos que son incapaces de entender la estructura de un chiste (ingenieros, por ejemplo, o militares de alta graduación comprometidos en ingentes tareas humanas, o semióticos de altísimo nivel), como hay mentes estructurales, ni cultivadas ni quizás muy inteligentes, capaces de captar sutilezas relacionales que se le escapan a sus congéneres. Acaso contenidistas y estructurales forman parte de la diversidad y sus dos tipos de pensamiento se complementan, digo yo, a pesar de que, desde mi mente estructural, no soporto el pensamiento contenidista. Qué vamos a ser si no somos iguales.

Semiótica del mensaje de texto (o las paranoias de “la ex”).

July 21, 2006

Aunque ya no me ocupo mucho de esas cosas, me parece que la comunicación por mensajes de texto vía celular introduce un manejo en sus "hablantes" que irá configurando una suerte de lenguaje de segundo orden, sometido a reglas particulares. No me refiero, por supuesto, al asunto de las abreviaturas, a las modificaciones morfológicas o sintácticas ni mucho menos a los "emoticones", sino al aspecto pragmático, comunicacional del asunto. La reflexión me viene de manera directa cuando pienso en la comunicación pasional, amorosa concretamente. Digamos, para ponernos metafóricos y eufemísticos (me encantan los esdrújulos sucesivos) que tuve una novia (la llamaré "la ex" para fines estrictamente explicativos y teóricos) que era notablemente frágil frente a la desnudez pragmática de los mensajes de texto: sensible como era (y sigue siendo, supongo yo) al menor cambio o entonación de una voz, podía distinguir la más sutil alteración de mi ánimo con solo escuchar mi carraspeo inicial al teléfono y, además, era capaz de adivinar el lugar y el contexto en el que me encontraba, si estaba solo o acompañado, si tenía enfrente una mujer, un niño o un perro, si el rating del canal me tenía afectado y, en ese caso, a cuánto había descendido su valor hasta la segunda cifra decimal, todo absolutamente todo. La consabida, sin embargo, no era capaz de decodificar correctamente mis mensajes de texto: si en alguna circunstancias yo contestaba con un "sí" alguno de sus requerimientos telefónicos textuales (literalmente hablando), ella se apresuraba a acusarme (vía texto) de lacónico y cortante. Si, por el contrario, me extendía en alguna frase amable (por ejemplo "Sí, como no, con gusto") , me endilgaba un "k t pasa, chico, no seas tan irónico". Si en alguna oportunidad escribía "No puedo" me tildaba a veces de abandonador y otras veces erigía un reconocimiento a mi asertividad ("lo que tú digas mon amour, así me gusta, usted es quien manda"). El problema aquí, creo yo, no es de "la ex": de hecho, yo mismo proyectaba mi estado de ánimo sobre sus malditos mensajes de texto y no pocas veces la acusé de traidora porque no me contestaba enseguida mientras conducía a toda velocidad su automóvil llevando a su hijo a una clínica de emergencia, contexto que yo lograba reconstrur a posteriori, en una airada aclaratoria cuerpo a cuerpo. El problema es más bien, como diría un lingüista, estructural: el mensaje de texto instituye una suerte de conversación sin contexto pragmático real o, mejor dicho, una conversación (no una relación epistolar, que es otra cosa) cuyo contexto pragmático, en el peor de los casos, se hace fuertemente sensible a las proyecciones emocionales de sus hablantes (o de sus "escribientes"). Me falta la parte sociolingüística de esta elucubración, pero me parece que los nuevos usuarios de este lenguaje han logrado un manejo práctico de esa hipocodificación (como diría Umberto Eco) y no se enrollan tanto como "la ex" y este servidor, porque logran combinar el uso puramente operacional de este (nuevo) lenguaje ("k pasa"), con el uso amoroso y conversacional (Ay no!"), haciendo uso de un código restringido para ampliarlo como lenguaje es decir aprendiendo y, a la vez, creando un nuevo lenguaje. Igual hace mi hijo con el Nintendo e igual estamos haciendo todos con Internet y todo lo que falta por venir. Como hubiera gozado Anthony Burgess con todo esto que está pasando.

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