Sobre el caudillo populista (II)
Más sobre el caudillo populista del interesante libro de Luis Brito García:
"Como bien dice Liscano, Betancourt es el primero de los dirigentes urbanos en "apropiarse los signos de las jefaturas tradicionales del país". Lo hace, porque una suerte de cultura política parece haber llevado al venezolano a identificar históricamente al hombre de poder a través de una constelación precisa de señales. Esta apropiación coincide con frecuentes ataques verbales contra el caudillismo histórico, pero no le impide revestir, por así decirlo, las galas del difunto.
Tal práctica es esencial en Venezuela porque la escasa coherencia de la ideología populista contribuye a que el énfasis del debate político pase de lo ideológico a lo partidista, y de lo partidista a lo personal. La imagen visible del líder sobrepasa a los restantes componentes del discurso político: es una suerte de "meta-mensaje".
Como lo reconoce el accióndemocratista Enrique Tejera París: "hemos dado en copiar —y exagerar— un sistema de campañas en las que la ‘imagen’ que refleja (nótense las palabras) el candidato pasa a ser más importante, que sus cualidades intrínsecas (…) y consecuentemente, pasan también a un segundo plano los programas de gobierno que ofrece cada uno de los partidos".
Esta figura o "imagen" del dirigente habla más que al intelecto, a la emocionalidad. Como bien lo ha señalado Ernest Dichter:
"En la mayoría de las elecciones las emociones determinan los resultados más que las plataformas políticas. Se comprobó el alivio emocional de los encuestados en una situación en que podían reaccionar con alegría y felicidad ante la elección del candidato favorito"2 .
En tercer lugar, cabe destacar que, la mayoría de estos rasgos inherentes al caudillo no son lingüísticos. Refieren a "modos de ser" que se traducen en "prácticas". ¿Pueden ser considerados como "mensajes", y analizados como tales? Creemos que sí. El poder del caudillo se basa en su "prestigio": en la opinión que el grupo social tiene sobre él. Tal opinión ha sido formada, como todo otro conocimiento, por la percepción de significantes que, interpretados de acuerdo a ciertos códigos, producen ciertos significados y se constituyen en signos.
Como bien lo señaló Barthes al referirse al mito, un mensaje puede estar constituido por la más amplia variedad de señales distintas de las verbales:
"Esta habla es un mensaje y por tanto, no necesariamente debe ser oral; puede estar formada de escrituras y representaciones: el discurso escrito, así como la fotografía, el cine, el reportaje, el deporte, los espectáculos, la publicidad, todo puede servir de soporte para el habla mítica. El mito no puede definirse ni por su objeto ni por su materia, pues toda materia puede ser dotada arbitrariamente de significación: la flecha que se entrega para significar un desafío es también un habla" .
El estudio del carisma caudillesco será, por tanto, el de las más variadas "materias dotadas arbitrariamente de significación". Una prenda de vestir, un plato típico, un amuleto, devienen signos. También lo son la preferencia por un entretenimiento, las costumbres, las prácticas. Cada uno de ellos es susceptible de una explicación verbal; pero casi nunca son sustituibles por ella. Producen, como decía Betancourt "profundos arraigos en la conciencia popular"23.
Ello nos lleva al problema de sistematizar cuáles son tales signos, hasta ahora señalados por diversos autores de manera episódica, fragmentaria y asistemática.
Para establecerlos, hemos creído útil recopilar y clasificar un conjunto de rasgos atribuidos en forma repetitiva a destacados conductores en nuestra historia. Parte de ellos eran ya referidos a los caciques indígenas y a los conquistadores; se repiten en los caudillos de la Independencia, y son en cierta medida replicados por los dirigentes populistas.
Para sistematizarlos, hemos elegido un elenco de seis ‘caudillos’ tradicionales —Boves, Páez, Guzmán Blanco, Crespo, Cipriano Castro y Gómez— y de seis dirigentes contemporáneos —Betancourt, Leoni, Caldera, Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campíns y Lusinchi. La elección ha sido guiada tanto por la celebridad de los dirigentes como por su efectiva detentación de un poder real. La misma no nos impedirá citar rasgos de otros políticos notables. No se nos escapa que entre los dirigentes contemporáneos algunos, como Leoni y Lusinchi, han accedido a la presidencia dentro de una cierta institucionalidad partidista que, más que a dotes visibles de caudillismo personal se asemeja a lo que Weber llamaría rutinización del carisma —esto es, el intento de transmitir institucionalmente los dones y cualidades del dirigente.
El estudio de tales atribuciones realizadas a los dirigentes por historiadores y periodistas —pero también por la tradición popular, la propia propaganda y a veces el rumor verbal— nos ha permitido aislar una veintena de rasgos "caudillistas". En su conjunto, corresponden a un sistema natural de legitimación del poder presente en una específica sociedad agraria y semifeudal, sistema que ha sido conservado como tradición por el aparato ideológico partidista. Ellos son:
a.- En primer lugar, los atinentes a la persona del caudillo, atributos inmanentes que testimonian su capacidad intrínseca, propia e intransferible para el mando: personalismo, protección por las fuerzas invisibles, resistencia física, machismo y astucia.
b.- Esta capacidad personal para el mando se confirma mediante un específico cuadro de relaciones con los allegados, que demuestran, ante todo, la autoridad del caudillo en el marco inmediato que le rodea: origen modesto, patriarcalismo, particularismo, retiro e imposición del sucesor.
c- En tercer lugar, el caudillo ha de legitimar su mandato probando, mediante rasgos visibles y externos, su afiliación a una específica y amplia comunidad cultural. Tales rasgos sirven de vehículo entre el poder personal y la comunidad sobre la cual se ejerce. Intentan, de forma bastante precaria, establecer la discutible identidad entre gobernante y gobernados, que autoriza a representarlos. Ellos son "las costumbres" del caudillo: las comidas criollas, el traje ruralizante, el amor por los animales, los entretenimientos populares y el habla popular.
d.- La relación con los gobernados, en fin, se presenta dentro de los rasgos de: contacto con el pueblo, igualitarismo, entroncamiento simbólico con el Libertador, inserción en una causa, y dádiva. La afiliación cultural con la comunidad es aquí puesta en práctica en el plano político, pero siempre dentro de las determinantes personales relativas a la individualidad del caudillo.
La constancia histórica de estos rasgos tiene una alta significación. No implica, como ya hemos dicho, que sean una misma cosa los caudillos rurales y los populistas. Significa que estos últimos han apropiado de manera consciente, y un tanto anacrónica y descontextualizada, los gestos, emblemas y simbologías a través de los cuales sus antecesores concitaron la obediencia. Al repetirlos, estiman, por lo tanto, que tales signos constituyen todavía una suerte de legitimación del poder compartida por gran parte de la clientela política."
A punto de escribir un artículo acerca del odio que, muy a nuestro pesar, ejercemos y almacenamos en estos tiempos (el amor y la concordia, el diálogo y la deliberación, la esperanza y la caridad son las máscaras lingüísticas, al uso, de una rabia inconmensurable) me topé con un libro que leí hace unos treinta años: 
